Adelanto de “Así lo viví”, de Héctor Magnetto

“Héctor Magnetto protagonizó el conflicto más paradigmático de la década kirchnerista. El pretendido ‘enemigo del pueblo’ debía tener, entonces, una historia que contar. Así que intenté que me la contara. Con más interés desde que se volvió evidente que el kirchnerismo, mientras naufragaba su proyecto político y económico, insistía hasta el final en su sueño de destruir Clarín, haciendo de lo que había sido en un comienzo una pieza más de una estrategia general de poder, una pura obsesión, la última y maniática razón de ser cuando todo lo demás se derrumbaba a su alrededor.” – Marcos Novaro

“Las conversaciones tienen, por supuesto, una pretensión testimonial. Narran la historia de la embestida kirchnerista contra la prensa desde la perspectiva ‘privilegiada’ del líder del grupo Clarín, que fue el blanco principal de esa agresión. Pero el libro tiene otras dimensiones que lo vuelven aún más interesante. La reconstrucción de ese conflicto es la excusa para analizar los desafíos a los que están expuestas las empresas de comunicación por una revolución tecnológica incierta; las estrategias de esas compañías para mantener su autonomía; la discusión sobre su dimensión y su poder.” – Carlos Pagni

A continuación, un fragmento a modo de adelanto:

Capítulo 4
¿Qué se aprendió  del conflicto?

MN: Volvamos a la pregunta inicial: el saldo del conflicto es, en términos prácticos, favorable a Clarín, pero su interpretación podría decirse que aún está en el aire. ¿Qué cree usted, se confirmará la tesis de Clarín, de que el periodismo profesional existe, de que hacen falta empresas más o menos grandes e integradas para ejercerlo? ¿O por el contrario se confirmará aquella que dice que la corporación mediática manipula la información para favorecer sus intereses y a «la derecha» contra los «gobiernos populares»?

HM: Lo de «corporaciones» me causa gracia. ¿Quién gobernó entre 2003 y 2015 e hizo lo que se le antojó? ¿Clarín? Y lo mismo cabe preguntarse de los diez, veinte o cincuenta años anteriores. ¿Clarín bloqueó a los gobiernos kirchneristas, a sus proyectos de ley, a sus iniciativas? ¿O le impidió aplicar su programa? ¿Clarín gobernó en los años noventa, estableció la convertibilidad y ejecutó las políticas de Menem? ¿Esa es una descripción mínimamente inteligente de lo que sucedió en el país en todos estos años?

Cuando uno las repite, claramente queda en evidencia lo ridículo de las premisas del discurso sobre las corporaciones mediáticas y su supuesto poder por encima de la política. Y en particular la descripción de lo sucedido en esta década larga, en la que como nunca los presidentes gobernaron e impusieron su voluntad.

Puede ser como usted dice, que esta discusión siga abierta, pero la verdad creo que para la mayoría de la sociedad no hay tantas dudas. Tal vez sí existan en algunos círculos intelectuales a los que todavía les pesan diagnósticos un poco sesgados de este período que vivieron, en muchos casos, con apasionada intensidad.

Por otra parte, ¿se demostró que es útil que haya empresas de medios grandes e integradas, o no? Creo que hay que dar una respuesta afirmativa a esta pregunta porque la evidencia también es contundente. Basta con ver la suerte de muchos medios débiles, la cantidad de radios más o menos independientes que fueron absorbidas por el aparato de propaganda, la situación de señales de televisión, tanto porteñas como del interior, incluso de algunos grupos de mediana escala, que en algún momento trataron de resistir las presiones y en otro terminaron cediendo autonomía o vendiendo.

Comentamos ya varias veces el argumento muy difundido por el kirchnerismo de que la existencia de multimedios de tamaño relevante es mala para la pluralidad de voces, lo que en abstracto suena atractivo y políticamente correcto. Déjeme plantear tres objeciones a esa tesis, que creo ponen al descubierto lo contradictorio del argumento de que había que achicar a Clarín.

En primer lugar, lo más importante para que una empresa de medios sea útil y confiable como proveedor de información es que sea sólida en lo financiero para no depender de un solo avisador, como por ejemplo, del Estado. Y que sea una empresa de medios y no «con medios», porque si no va a estar siempre tentada de ceder autonomía informativa para lograr beneficios en otras actividades más rentables. La verdad es que aquí y en el mundo el proceso de integración en multimedios es imparable e imprescindible. Sólo así se logran economías de escala, rentabilidades mínimas para invertir al ritmo de las innovaciones, y hacer a la vez productos de calidad. Sólo así se puede competir a nivel global.

En segundo lugar, un problema central de la industria de medios en la Argentina es el tamaño del mercado. Aquí se mezclan algunos fenómenos globales con otros más locales: es obvio que la participación de los medios tradicionales en la torta publicitaria y de audiencia se viene achicando con Internet y las nuevas tecnologías. Pero, además, el mercado argentino se redujo por problemas particulares: el país perdió posiciones en la torta de América Latina, el sector privado cedió lugar en los últimos años al Estado como actor económico, todas los sectores industriales se concentraron, reduciendo la competencia y, por ende, la inversión en publicidad. Si a eso le sumamos la creación artificial de medios con fines políticos, que no se sustentan en el mercado pero que lo terminan bastardeando, y le agregamos la fragilidad de la mayoría de las empresas más serias, tenemos un combo difícil para la sustentabilidad de los medios. Muchos no pueden invertir en tecnología, pierden plata y cambian de manos. Otros terminan dependiendo de aportes más o menos discrecionales de recursos, del Estado o de otras actividades. Esa situación, que enfrentan diarios, radios y canales de todo el país, algunos con respetables niveles de audiencia, es consecuencia de lo anterior. Y la falta de escala, la ausencia de políticas de promoción y la inestabilidad de las reglas de juego no ayudan a resolverla. Son problemas que no vienen con la concentración, sino que, al contrario, obedecen a la enorme fragmentación del sistema.

Y en tercer lugar, en todos los mercados en los que opera Clarín hay competencia. Competencia muy efectiva y en algún caso hasta agresiva. Es cierto que en varios hemos logrado un buen posicionamiento, pero es una consecuencia de esa dinámica de la competencia. Si usted recorre las distintas industrias de la economía, verá que la enorme mayoría están más concentradas y con participaciones de mercado muy superiores a las nuestras. He escuchado que hay quienes sugieren que ningún medio debería tener más del 25% de participación de mercado. Entonces, ¿qué vamos a hacer? ¿Penalizar a un diario, a una radio, a un canal que coyunturalmente puedan tener niveles de audiencia superiores a esa cifra? Lo que en el mundo se controla son las prácticas anticompetitivas, los abusos de posiciones dominantes, no las participaciones de mercado logradas por el éxito editorial o de gestión. Los medios, además, vamos a un mercado crecientemente segmentado, donde los consumos de contenidos se hacen más y más personales. Ya no hay ni ratings ni circulaciones como los de hace veinte o treinta años. Hoy grandes son Google y Facebook.

Como dije alguna vez, si se buscara fortalecer la industria nacional de contenidos de manera genuina, lo deseable sería que se consolidaran otros multimedios sólidos, que más empresas pudieran dar el salto. No multiplicar al infinito medios débiles, sin audiencia y sin financiamiento, cuando ya la cantidad que hay en la Argentina supera con creces la media de América Latina. Sí favorecer aquellas iniciativas de consolidación que puedan generar estructuras sustentables en el tiempo.

Hay un paso positivo que ha dado gran parte de la industria: reconocer que la integración multimediática es la vía más razonable, no sólo para aspirar a la viabilidad económica, sino para llegar a las audiencias, sobre todo a partir de la revolución de la tecnología y las costumbres. Hasta hace pocos años no era así. Aún era posible escuchar a editores de diarios cuestionar el ingreso a la radio o la TV porque, al ser licencias otorgadas por el Estado, eso podía quitarles autonomía.

En definitiva, al contrario de lo que hasta hace poco era una suerte de sentido común local sobre la formación de multimedios, ahora se tiende a aceptar que lo que realmente representa un problema es que otras empresas del sector en la Argentina no hayan llevado adelante esa estrategia multimedia antes. Porque eso habría provisto un mercado de medios más sólido, más estable y más autónomo. Y habría dificultado estas aventuras de medios volátiles, de oportunistas con dinero del Estado, de testaferros que manejan canales y radios. Esta degradación quizás habría sido más difícil de imponer.

Finalmente, no digo que estos debates hayan quedado saldados; siempre van a estar abiertos. Pero sí que han sumado algún crédito las visiones modernas, pluralistas, respetuosas de las reglas del oficio y de la lógica de cualquier emprendimiento privado. Por eso, creo que lo más importante no es si Clarín ganó o perdió. Lo que hay que valorar es que el sentido común más democrático, abierto y pluralista no quedó sepultado.

MN: Hay otra crítica sobre el comportamiento de Clarín, vinculada con lo anterior, y es que siempre se hace amigo de los gobiernos cuando están en ascenso y tienen cosas para ofrecerle. Y cuando están de salida descubre todos sus defectos y ayuda a hundirlos. ¿Podría decirse que la experiencia kirchnerista confirma esta idea, o al menos no la refuta?

HM: Esa teoría, como otras, no supera la prueba de la realidad histórica. No lo digo yo, lo han dicho autores de los que nadie puede sospechar que sean clarinistas y que analizaron históricamente la línea editorial del diario, su cobertura periodística y su evolución como empresa.

Yo podría decirle que en verdad ha sido al revés, y en los años kirchneristas se demostró palmariamente. Los momentos más duros del conflicto con nosotros fueron cuando más poder tenían quienes gobernaban. De hecho, tenían muchas cosas para ofrecernos y lo hicieron, como ya le conté. Desde áreas petroleras hasta participar con ellos en Telecom. Los que no aceptamos fuimos nosotros. Si hubiéramos aceptado seguramente habríamos hecho buenos negocios, pero habríamos perdido no sólo autonomía periodística sino nuestra propia esencia.

Dejemos el pasado reciente y hagamos un poco de historia. Con el gobierno de Alfonsín, pese a que su política de medios nos pareció anacrónica y mala, acompañamos la esperanza de la sociedad, reivindicamos muchas medidas, sobre todo institucionales, y marcamos desde el inicio nuestras diferencias económicas. Tuvimos tensiones lógicas pero siempre en un marco de respeto al rol de cada uno. El propio Alfonsín, ya en el llano, siempre reconoció la responsabilidad que tuvo Clarín en esos años aún de democracia frágil. Y fue asiduo columnista del diario y partícipe de nuestros medios audiovisuales hasta su muerte.

Los kirchneristas quisieron asociarnos con las políticas menemistas, y lo cierto es que Menem nos consideraba un grupo opositor, no aliado. Su famosa frase en 1995, cuando fue reelegido —«Les gané a los medios»—, se refería claramente a nosotros. Menem creía que habíamos hecho campaña por Bordón y «Chacho» Álvarez, lo que era una exageración. Pero así les parecía a muchos oficialistas de entonces. Y finalmente, la investigación por la que Menem fue preso surgió de este diario.

Si usted mira el primer gobierno de Menem, Clarín fue, junto con Página/12, de los más críticos. Criticamos los perjuicios de la política económica al entramado industrial, hablamos de cierto enamoramiento de la convertibilidad como fin en sí mismo, denunciamos fuerte los costos sociales. Y una de nuestras mayores etapas de crecimiento se dio entre 1992 y 1997. Recuerdo dos hechos de ese momento: cuando Menem tomó una serie de represalias contra Clarín en 1993 y, poco después, el lanzamiento de su famoso multimedio propio, el CEI, que comparado con la cooptación que realizó el kirchnerismo parece un caso menor, pero por entonces llegó a ser bastante más grande que Clarín.

En gobiernos mucho más débiles, como el de De la Rúa o el de Duhalde, varios medios, no sólo Clarín, asumimos nuestro rol con una carga aun mayor de responsabilidad, ante el riesgo de alimentar siquiera involuntariamente actitudes violentas en ese marco de crisis galopante. La fragilidad del contexto aumentaba ese riesgo, pero eso no llevó a evitar ningún tema incómodo. Dígame qué cosa no informó Clarín durante esos gobiernos, qué escándalo de corrupción no tuvo eco, qué aspecto de la crisis no se tocó. En el gobierno de De la Rúa se nos ha acusado tanto de ser duros como de ser condescendientes. Esa es la mejor prueba de lo difícil que es informar con la responsabilidad que implica manejarse al borde de una crisis casi terminal como la que vivía la Argentina, al borde de la disgregación social. Y ese clima estuvo presente desde mediados del gobierno de De la Rúa hasta bien entrado el gobierno de Kirchner.

No es desacertado decir que criticamos muchas políticas de Alfonsín, de Menem, de De la Rúa, aunque no por eso se puede concluir que hicimos campaña contra ellos o a favor de otra fuerza política. Nuestra posición seguramente dejaba un poco insatisfechos a todos los actores políticos. Pero me parece que lo importante siempre es preguntarse si éramos inconsecuentes con lo que pensábamos, si éramos infieles a lo que entendíamos eran las preocupaciones de nuestras audiencias, si publicábamos cosas no chequeadas o dejábamos de publicar cuestiones relevantes. Y creo que ninguna de esas conductas se nos puede achacar sistemáticamente y con fundamento. Eso es lo que importa finalmente. Que los políticos se sientan más o menos molestos ha sido siempre así y seguirá siéndolo. Es lo esperable.

Clarín es un diario integrador en términos de audiencia, con una cosmovisión, diría yo, una idea de país. Es un diario que creció junto a las clases medias urbanas, con un registro amplio en las costumbres y la cultura, que históricamente defendió un proyecto de desarrollo con eje industrial, pero no sólo sustitutivo de importaciones, sino de mayor densidad de capital y valor agregado. Integrado a la producción agropecuaria, con un rol del Estado complementando a la actividad privada, abierto a la inversión y con instituciones que funcionen de verdad. Es un diario que, en cierto modo, como le sucedía al desarrollismo, siempre tuvo que soportar críticas por derecha y por izquierda. Algunos lo criticaban por liberal, porque reivindicaba la inversión externa y el rol de la actividad privada, y otros creían ver en él influencias comunistas, porque se preocupaba por el rol del Estado y la distribución de la riqueza.

MN: Además de criticarlos por haber crecido se les objeta que influyen demasiado, y en ocasiones que en su línea editorial contrabandean sus intereses empresariales.

HM: Respecto de que hay un condicionamiento editorial de Clarín por sus negocios, yo lo veo exactamente al revés. Primero, porque Clarín tomó una decisión estratégica al conformarse como grupo, y es que su actividad iban a ser los medios de comunicación. No otras industrias. En síntesis, tenemos medios porque son nuestro ADN y no para otro fin, para proteger otros negocios. Segundo, porque el hecho de habernos diversificado puede generar mayores dilemas y presiones, pero también nos da mayor nivel de solidez e independencia, no sólo frente a los gobiernos sino frente a otros actores económicos.

MN: De lo que dijo hace un rato podría inferirse que el «modelo Clarín» vendría a sintetizarse en una línea desarrollista, una suerte de término medio entre el neoliberalismo y el populismo. Un medio que está «en el medio». Y desde esa moderación contemplan matices para públicos más identificados a derecha e izquierda. ¿Sería esa una buena descripción de la fórmula del Grupo?

HM: La moderación tiene mala prensa en algunos círculos intelectuales de nuestro país, y es una virtud que hemos tratado de cultivar siempre. Igual, no describiría nuestra posición como término medio sino como una perspectiva superadora de antagonismos que han sido, en general, reduccionistas y estériles.

Por ejemplo, respecto al peronismo, no somos pro ni anti. No nos gustan ese tipo de definiciones, nunca nos gustaron. Alguno podrá achacarnos que no nos definimos, pero nosotros no lo vemos así. Por eso, aunque fuimos muy críticos de muchos aspectos del gobierno de Menem, no lo considerábamos un demonio. Y por eso tampoco nunca pudieron identificarnos con eso que el peronismo llama «el gorilaje». Nuestra tradición desarrollista también incluía diferencias históricas con el radicalismo, pero nunca nos definiríamos como antirradicales. De hecho, hay tantos radicales como peronistas en nuestras redacciones. Además de gente de origen comunista, socialista y liberal. Basta leerlos o escucharlos.

Además, Clarín siempre se esforzó por llegar a un público masivo. Esa fue la fortaleza que generó, de manera paulatina y con el tiempo, su influencia también en los grupos llamados «formadores de opinión». Esta masividad es importante destacarla porque nos granjeó algunos problemas extras, como que algún sector de las elites nos criticara por no ser suficientemente sofisticados para su paladar, por no escribir exclusivamente para ellos.

Creo que a lo largo de su historia, Clarín y luego los otros medios del Grupo han tratado de cultivar una sensibilidad particular a los fenómenos políticos, sociales, culturales que marcan cada época, en especial en las franjas medias de la sociedad, enriqueciendo esa sensibilidad con el aporte de una pluralidad de voces de referencia del campo intelectual, económico y político. Pienso que nuestras redacciones han sido y son una expresión de esa síntesis, que de algún modo contienen esa diversidad en sí mismas. Nosotros reivindicamos nuestra premisa de dirigirnos a públicos diversos, nos gusta que nuestros medios sean multitarget. Pero de ahí a pensar que vamos a informar y opinar para gustarle a todo el mundo hay una distancia enorme. Sí aspiramos a representar medianamente bien a esas audiencias que nos eligen.

MN: Después me gustaría discutir si esa orientación multitarget no quedó un poco démodé en una época en que lo que priman son medios específicos para públicos con identidades bien definidas. Pero volvamos ahora a las estrategias empresarias, ¿no colisionaron en ocasiones los intereses de la empresa, que crecía sostenidamente desde los ochenta, con los avatares de un sistema político tan inestable como el argentino? ¿Y eso no se volvió más frecuente a medida que el Grupo incorporó negocios más rentables que informar, como el del cable? Si Cablevisión se convirtió en el principal sostén económico, ¿no es razonable pensar que al Grupo pasó a interesarle más la rentabilidad del cable que lo que quisieran informar los periodistas sobre los gobiernos que influían en ese negocio tan atractivo? ¿No terminó siendo el cable el equivalente funcional de lo que en otros medios son el negocio petrolero o la obra pública?

HM: Creo que no es así, para nosotros informar nunca fue secundario ni lo será. Además, pensar que el cable nació siendo lo que es hoy es un error histórico. El cable era un medio más hasta bien entrados los años dos mil. Fíjese que nació como un complemento de la TV abierta. De hecho, estaba regulado en la Ley de Radiodifusión, y de esta condición nace la obligación de los cables de producir su propio canal local. El rol, llamémosle, de distribuidor de cable se fue acrecentando en las últimas dos décadas, de la mano de la digitalización, los satélites y la multiplicación de señales, sobre todo extranjeras, que llegaron al país. Y ese rol de distribuidor se potenció con la tecnología que puso a los cables como prestadores privilegiados de acceso a Internet. Por su ancho de banda, de entrada se percibió que la red de coaxil podía brindar similares o mejores niveles de calidad y velocidad que el par de cobre telefónico.

En definitiva, hasta hace pocos años nadie discutía que el cable era únicamente un medio de comunicación. Así lo integramos a Clarín y así forma parte, hasta hoy, de nuestro grupo. De hecho, su rol de medio sigue plenamente vigente: no sólo porque en muchas ciudades produce la señal de televisión local más representativa, sino porque acerca a sus clientes una oferta de contenidos que muchas veces asegura su libertad de información. Piense qué habría pasado en tantos lugares del interior durante el kirchnerismo si los cables no hubieran incluido TN o Canal 13 cuando casi no había voces disidentes.

También es cierto que a partir de la llamada convergencia, el cable ya no es sólo un medio de comunicación. Hoy es una plataforma tecnológica que permite brindar servicios integrados, donde el video es uno de los protagonistas, y también están Internet y las telecomunicaciones. Es una plataforma convergente, que pasado mañana competirá con otras que nacieron, no a partir del cable, sino, por ejemplo, de la telefonía. Plataformas más grandes en cobertura territorial, en cantidad de clientes, en facturación, que forman parte de conglomerados mundiales.

Este fenómeno no lo inventó Clarín. Nos trasciende y al mismo tiempo nos pone frente a la disyuntiva de intentar protagonizarlo, o bien de resignarlo para que termine siendo parte de uno de estos conglomerados extranjeros. Nosotros siempre fuimos de la idea de apostar a construir un espacio argentino en esta industria de las comunicaciones, que ahora pasa por la etapa de la convergencia. Por eso, nos estamos preparando para intentar dar ese paso.

En definitiva, seguimos reconociendo y reivindicando nuestra centralidad periodística y de contenidos, pero hemos sumado otra centralidad, la de las comunicaciones convergentes. ¿Esto significa que perdemos nuestro foco en medios? ¿Que nuestra prioridad estratégica está sólo en el mercado de las telecomunicaciones? De ninguna manera. Significa que hemos elegido un camino para seguir haciendo lo que venimos haciendo desde hace cuarenta y cinco años, cuando arrancamos con nuestro desarrollo vertical, primero, y horizontal, después. Seguir invirtiendo, seguir creciendo, y no diluirnos ni achicarnos de la mano de las restricciones estructurales del mercado argentino, de la evolución del sector mediático tradicional, de la globalización o de los cambios de consumo. Ambas industrias, producción y distribución de contenidos, configuran nuestra base estratégica. Y tenemos medios porque es nuestra misión y no para otro fin, como sería proteger ahora el negocio del cable.

Ahora bien, lo que usted dice tiene una parte de verdad: es cierto que, a medida que los medios nos diversificamos, se abren más flancos para los intentos de presión del poder político, para los intentos de condicionamientos regulatorios o administrativos, incluso para la aparición de riesgos de imagen o conflictos de interés. Nuestra decisión en ese punto fue, y sigue siendo, definir qué hacer sabiendo que esos riesgos y esas presiones pueden aparecer. ¿Nos resignamos a quedar cristalizados únicamente en la edición de un diario para evitarlas, o las enfrentamos, tratando de hacer nuestro trabajo de la mejor manera posible? ¿Las abordamos con criterios profesionales y de transparencia, o las alejamos para mirar el partido desde la tribuna?

Nosotros optamos por hacerle frente a la situación. Creemos que, si miramos lo que hicimos con la radio, con la televisión, con el cable, podemos estar bastante satisfechos de haber construido medios profesionales y prestigiosos en términos periodísticos. De hecho, encabezan los índices de credibilidad en el campo audiovisual. O sea que valía la pena pasar la prueba. Hubo tensiones, conflictos, errores y aprendizajes. Los hay todo el tiempo. Pero estoy seguro de que fue mejor haberlo hecho que no. Hoy, incluso quienes usaban su argumento para cuestionar nuestra diversificación están dando sus propios pasos hacia la multimedia.

La expansión en la industria de las comunicaciones nunca fue para nosotros una estrategia a costa del periodismo. Todo lo contrario. Le diría que, a medida que logramos una dimensión mayor, nos volvimos más celosos de esa independencia del poder político y también de otros actores económicos. Como otros multimedios del mundo, de algún modo desarrollamos una cultura de nuestra función que pasó a incidir más y más en nuestras decisiones.

Además, un detalle no menor es que, como empresa, siempre buscamos diferenciar nuestra voz institucional de nuestra línea periodística. Nuestra identidad como empresa siempre ha sido públicamente definida y comunicada. Nuestros números están al alcance de cualquiera, se conoce perfectamente quiénes son nuestros socios e inversores, con quiénes tenemos acuerdos, en qué invertimos. Nuestra estructura empresarial debe de ser de las más transparentes en términos argentinos y regionales. Esos estándares son los que nos permitieron cotizar en la Bolsa de Londres.

MN: Pero justamente una de las críticas que se le hizo al Grupo, sobre todo en los primeros años del conflicto con los Kirchner, fue que no daban la cara ante la opinión pública.

HM: Me parece que acá se confunde el estilo personal de los accionistas, que siempre ha sido el bajo perfil, con la política de comunicación de las cuestiones relevantes de la compañía, que para mí es la más sistemática de las que conozca en esta industria, al menos en el país. Clarín siempre explicitó sus pasos con un nivel de apertura bastante inusual. Recorra las páginas del diario cuando se compraron las acciones de Papel Prensa, cuando participamos y ganamos los concursos por Canal 13, cuando hicimos la fusión de Cablevisión y Multicanal, cuando compramos Nextel. En todos esos casos no sólo se difundió la noticia. Se explicaron detalles, se contestaron dudas, se mostraron los números. Y lo hicimos no sólo para nuestros medios, sino en igualdad de condiciones para todos los que estuvieran interesados.

Es cierto que a lo largo de los años quizás hemos tenido menor protagonismo personal que otros líderes empresariales o de medios argentinos pero, otra vez, eso habla de un estilo personal. Nosotros no nos consideramos el centro de la noticia.

También es cierto que en las últimas décadas Clarín cultivó una cultura empresarial bastante alejada de los personalismos, una gestión basada en el management profesional, tanto en la conducción de los negocios como de las redacciones. Y su cultura comunicacional siguió la misma línea profesional. En cada etapa histórica hemos tratado de estar actualizados con las herramientas pertinentes. Fuimos los primeros en tener un sitio institucional, en lanzar instrumentos de información para los distintos públicos, en abrir nuestros números.

Tanto la señora de Noble como yo hemos dado reportajes cuando sentimos que realmente teníamos algo que comunicar, cuando lo creímos necesario. Recuerdo entrevistas por los 50 años del diario, durante la crisis de 2001 y 2002; recuerdo el libro que escribió José Ignacio López sobre mis años en Clarín, para el que hablé en extenso; recuerdo cuando salimos a la Bolsa.

Durante el kirchnerismo, nuestro protagonismo y el de la empresa se multiplicaron de la mano de la ofensiva del gobierno. Por más que evidentemente había una agenda forzada que pretendían imponernos funcionarios y militantes políticos, no dejamos de responder a nada. La decisión, eso sí, fue la de ser cuidadosos con los mecanismos para hacerlo, tratando de no contaminar exageradamente la agenda noticiosa de nuestros medios con el conflicto. No quisimos involucrar a nuestras audiencias más de lo necesario en temas que no eran centrales para ellas, que no hacían a su vida cotidiana e intereses. Pero, al mismo tiempo, reflejamos todo lo que decían de nosotros. Nadie con franqueza puede decir que ocultamos nada.

Para eso, tuvimos que agudizar el ingenio y pensar en nuevas herramientas de respuesta a los ataques, tratando de llegar a cada sector de la población con formatos y modalidades específicos. Varios de nosotros personalmente también aumentamos nuestra exposición. Acepté antes de estas charlas varias entrevistas con periodistas nacionales y extranjeros, así como con autores de libros e investigadores académicos. No tengo nada que ocultar y, además, no me molesta para nada revisar y explicar los pasos que dimos estos años.

Asi lo viví
El poder, los medios y la política argentina.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 12/01/2016
Edición: 1a
ISBN: 978-950-49-5578-8
Disponible en: Libro de bolsillo

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