martes 12 de diciembre
Medios

Diccionario de periodismo digital: “Diarios impresos”

Una de las discusiones más activas del año que se va pasó inadvertida para la mayoría de la gente, pero en algunos ámbitos periodísticos, sobre todo de EE.UU., fue central. No se debatía el futuro, sino el pasado. Más precisamente el papel que jugaron los diarios impresos en los comienzos de la web. La acusación subyacente es que hicieron todo mal, que de haber hecho las cosas de otra manera, los periódicos no estarían languideciendo.


El debate lo disparó un paper de H. Iris Chyi y Ori Tenenboim de la Universidad de Texas, publicado en la revista “Journalism Practice” en el vereano boreal. Popularizado por Jack Shafer para Politico con el título “¿Y si la industria de los diarios cometió un error colosal?”, la investigación analiza el estado actual de la prensa regional impresa norteamericana y la compara con su equivalente digital. La conclusión a la que llega es letal: la supuestamente moribunda prensa impresa tiene más lectores que la supuestamente prometedora digital en todas las edades. Para peor, el número de lectores de la prensa digital no crece desde 2007 y en más de la mitad de los diarios estudiados descendió comparándola con 2011. Es importante remarcar que el texto excluye a los colosos con circulación nacional e internacional como The New York Times, The Wall Street Journal o The Washington Post, con realidades distintas.

El punto central es atacar el “digital first”, la apuesta que a mediados de la década del ’90 hicieron los periódicos. Por entonces, especulaban que la gente iría abandonando la versión impresa del diario para mudarse a su versión digital. Pero eso no pasó. Resultó cierto que los lectores se van despidiendo del papel, pero no eligen seguir la relación con el mismo medio en la web. En su lugar, prefieren agregadores de noticias como MSN, Yahoo Noticias, Google Noticias y otros sitios que no pertenecen a diarios. Incluso a nivel local: “De los principales 67 diarios regionales en EE.UU. (con una circulación de más de 100.000 ejemplares), en 2009 solo 13 eran el destino online principal para las noticias en sus mercados”, anotan Chyi y Tenenboim.

Tampoco la facturación está con el “digital first”. Los ingresos de la prensa digital norteamericana crecieron tenuemente, de 3 mil millones de dólares en 2010 a 3.500 millones en 2014. Su equivalente impreso cayó de poco menos que 23 mil millones a 16.400 millones en el mismo período, pero sigue representando la friolera del 82% (!) de los ingresos de los diarios.

Ante estos números, la especulación no es alocada. ¿Y si la prensa no hubiera apostado por internet en 1995 y se hubiera mantenido al margen? ¿Y si se desembarcaba en la web, pero cobrando? ¿Y si en lugar de regalar online TODO su contenido ofrecía unas pocas notas? ¿La historia habría sido diferente?

En el debate, los críticos de la mirada de Chyi y Tenenboim sostienen que, lejos de haber pecado de arriesgada, en sus veinte años online la prensa fue extremadamente conservadora. El temor a canibalizar la audiencia, una actitud timorata para encontrar vías innovadoras de comercialización, limitaciones en cuestiones de usabilidad, una cultura que venía de comportarse monopólicamente cuando cada pueblo tenía un solo diario son algunas de las argumentaciones para pensar que los periódicos estaban condenados a fracasar.

En el libro “Digitalizar las noticias”, Pablo Boczkowski demuestra como, desde los años 20, con el advenimiento de la radio, los periódicos siempre estuvieron alerta para meter mano en sus posibles nacientes competidores y no quedar marginados del negocio, adquiriendo licencias de radio y luego de tv. Tan temprano como en 1947, el Philadelphia Inquirer y el Miami Herald experimentaron bizarras ediciones en fax de sus diarios. Ya en la década del ’80, más de una docena de diarios también hicieron pruebas con videotexto. El Viewtron prometía acceder “al New York Times o el Miami Herald la noche anterior a que el ejemplar en papel llegue a su puerta”. Y así hasta llegar a las ediciones digitales en la web.

Lo que el libro demuestra y otros comparten es que tanta experimentación vanguardista fue, en el fondo, reaccionaria. “Los periódicos hicieron más hincapié en mantener el territorio ocupado por la franquicia de las ediciones impresas que en tratar de desplazarse ofensivamente hacia áreas nuevas”, evalúa Boczkowski. Por temor a perder cuota de mercado, el negocio de los clasificados y la publicidad, moldearon a desgano y casi con afan destructivo lo que sería el principal nodo de contenido de actualidad de la web en sus dos décadas de vida.

Un argumento de Chyi y Tenenboim ignorado por sus detractores, demasiado enfocados en los aspectos técnicos y económicos, no es para minimizar: los lectores de las ediciones impresas consideran invariablemente al equivalente digital “de inferior calidad”. Un soporte obsoleto como el papel, pero con buen contenido fracasa. Pero un soporte apropiado como el digital con mal contenido, también. Sirva de demostración y a modo de test dos notas sobre el conflicto con el Conicet:

– Una, llamada “Recorte en el Conicet: polémica por las investigaciones de Star Wars, Anteojito y el Rey León”, es una recopilación de tuits jocosos con papers curiosos del Conicet. No explica el conflicto ni responde a las famosas 5 doblevés del periodismo.

– La otra, llamada “Mundo Conicet”, parte desde cero contando como funciona el Conicet, reconoce algunos vicios del sistema, pero a la vez se preocupa de que se entienda lo peligroso para Argentina que es recortarle fondos.

Adivinen cuál salió en el sitio web de un diario “serio” de circulación nacional y cual en un blog.

Adivinaron.

 

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