miércoles 18 de octubre
Interesante

Adelanto de “Neneco”, de Pablo Mendelevich

Conocido en su entorno como Neneco, fue una persona extraordinaria por su carisma y su gracia natural, idolatrado en media docena de países. Músico, actor, payaso adorable, quien fuera probablemente el miembro más histriónico de Les Luthiers era también escritor, escribano, violinista —e intérprete de otros veintiún instrumentos—, folclorista, campeón de billar, pescador de tiburones, coleccionista de autos, aficionado al bridge, asador admirado, jugador de truco imbatible, piloto de helicópteros esporádico y protagonista de una vida social fuera de lo común.

En este libro, el periodista Pablo Mendelevich reconstruye no sólo su trayectoria artística sino también la vida personal del Daniel Rabinovich menos conocido. Los testimonios recogidos –entre sus familiares y compañeros de grupo, los amigos más célebres y los más personales– amplían la mirada sobre los aspectos íntimos de un artista fundamental que quedará, por siempre, en el corazón de su público.

A continuación un fragmento, a modo de adelanto:

12 – Música y Actuación

“La música fue casi como el café con leche en mi casa. Mis papás eran noctámbulos, llegaba gente a la noche, hacían tango. Mi casa siempre estuvo abierta y venían muchos amigos a tocar y cantar. A mí me gustó desde que me acuerdo. Cuando tenía seis años escuchaba a Mozart, tango, folclore”, decía Neneco.

Cuando Daniel Samper Pizano le preguntó para su libro Les Luthiers de la L a la S cuáles eran sus músicos preferidos, respondió: Bach, Beethoven, Mozart, Franck, los Beatles, Serrat, Chico Buarque, Piazzolla, Louis Armstrong. Su formación musical fue inorgánica. Tomó clases de violín con Ljerko Spiller, Vera Graf y Enrique López Ibels, desde los catorce estudió guitarra con José María de los Hoyos y en la adolescencia asistió a la Escuela Nacional de Danza.

En los comienzos luthieranos cantaba, tocaba la guitarra y el “latín” o “violín de lata”. La guitarra y el bombo le calzaban, sobre todo, por su amor al folclore. Era perezoso, dicen en el grupo, para ponerse a leer una partitura o estudiar una obra nueva. Eso no lo divertía y había que animarlo. “Era más un hombre de acción, de estar en la batalla”, evoca Maronna, quien no duda en llamarlo un “creador errático”, es decir, más amigo de improvisar que de estudiar.

El folclorismo lo llevó incluso a embarcar al conjunto en un experimento fallido, cuando convenció a sus compañeros acerca de sumar al espectáculo una obra folclórica que no era propia. Se trataba del gato “Sacha Puma”, una pieza para nada humorística interpretada a la manera del Grupo Vocal Argentino del Chango Farías Gómez. Maronna hizo el arreglo, lo leyeron, lo ensayaron y un día decidieron ponerlo como bis en una función.

Que el público de Les Luthiers no está preparado para ver en el escenario nada que sea en serio lo supo Carlos Núñez el día que, entre bambalinas, se cortó la mano con un serrucho: cuando salieron a explicarlo la gente creyó que había que reírse. No solo reírse, sino también aplaudir. Si lo del accidente de Núñez se entendió mal, menos suerte tuvo la incrustación en el espectáculo de aquella obra folclórica de sonoridad tradicional. Se dirá que las piezas de jazz tampoco son humorísticas o particularmente divertidas (más allá de los títulos, basados en una única vocal). Pero en el jazz los instrumentos informales cumplen un papel importante, algo que con “Sacha Puma” no sucedía. El folclorismo de Daniel expandido a Les Luthiers desconcertó al público, que nunca entendió cuál era el chiste, simplemente porque no lo había. “Sacha Puma”, por lo tanto, quedó inmediatamente cancelado.

 

Daniel el autodidacta

Casi al unísono, tanto sus amigos de toda la vida como sus compañeros de facultad, los parientes y los demás Luthiers confirman que Neneco no nació gracioso. Más bien, desarrolló el don dentro del grupo. Esa era, también, la percepción que Daniel tenía de sí mismo. “Estudié Derecho –dijo en 2007– pero empecé con el violín a los siete, a los trece me metí con la guitarra y después canté en coros, tuve grupos de canto y de folclore. Pero de actuación, cero. La actuación me vino con Les Luthiers, y no de entrada sino mucho después”.

Con su proverbial capacidad analítica, sumada a la autoridad que le confiere una inigualable cercanía, Carlos López Puccio confirma aquella realidad.

“En mis primeros tiempos en Les Luthiers yo era casi un observador. Un empleado sin opinión dentro de un grupo que ya venía funcionando. Por lo tanto, tuve la posibilidad de juzgarlo un poco desde afuera, sobre todo en el marco de espectáculos más grandes como los del Di Tella. Para mí, el café concert funcionaba en dos niveles. Por un lado, el humor más eficaz residía en los textos con los que Marcos presentaba cada obra; eran, naturalmente, escenas o relatos referidos a la vida de Mastropiero, muy elegantemente armados. Por otro lado, luego de cada texto venían las canciones, que tenían un resultado humorístico mucho menos ruidoso. Eran finas y musicalmente bien hechas, pero carecían de toda pretensión escénica. No existía, todavía, una orientación clara. En consecuencia, lo que para mí quedaba era un recital del conjunto musical, algo colectivo, con textos de presentación a cargo de un solista, que era Marcos. La totalidad casi carecía de escena. Fue en ese momento cuando lentamente empecé a ver cómo surgía Daniel. Comenzó a colarse en los textos de Marcos con su desenfado y su personaje, entre torpe y bruto, jugando de contrafigura. Marcos era el locutor culto, una suerte de Ernesto Epstein. Daniel fue ocupando el lugar de la realidad mundana y creció a partir de eso. Fue asombroso verlo abrir ese frente imprevisto y crecer lentamente a lo largo de los años. Podía interrumpir el solemne texto para preguntar de qué estaba hablando ese señor tan solemne, y eso era una ruptura muy eficaz. O simplemente acercarse a la carpeta, interrumpir, leer la palabra que lo había desconcertado y dándose vuelta hacia nosotros confirmarnos: ‘Sí, dice berceuse’.

Esa oposición entre civilización y tierna barbarie fue muy inspiradora para lo que vendría después. Marcos era una macchiettade la Cultura, mientras que Daniel era un señor de la calle con toda su aplastante simpleza e inocencia ante lo culturalmente establecido.

En esa época, desde mi posición humildísima de pésimo actor, me especialicé en retarlo y en avergonzarme ante el público por sus exabruptos, retándolo por lo bajo. Apoyaba con mi estupor.

Muchas veces, cuando se nos producía el horroroso bache de silencio (en el cual la gente no se ríe con la frecuencia o la intensidad que uno desearía) yo esperaba, y a veces incluso estimulaba, que Daniel inventara una de las suyas. Una barrabasada de esas que fue aprendiendo a generar tan bien y que muchas veces llenaron con eficacia esos momentos”.

 

Daniel el improvisador

Ya se dijo que Daniel no componía música en Les Luthiers. Tampoco escribía humor. El chiste organizado no era lo suyo, menos aún pensar cómo iría la historia. Su gran talento residía en aquella creación espontánea, también en su audacia para ejecutarla.

Es imposible no recordar su segmento “Achicoria” en la “Cantata del Adelantado Domingo Díaz de Carreras” estrenada en Mastropiero que nunca, de 1979. En esa obra, descerrajaba repentinamente, acompañado por una percuasión y con entonación indígena, una sucesión de palabras absurdas y onomatopeyas. El ritual desternillaba de risa al teatro entero, incluidos los demás Luthiers. Al día de hoy en la calle Marcelo T. de Alvear, casi esquina Rodríguez Peña, existe un hotel en cuya fachada se lee: “Daniel Rabinovich (Neneco). Gracias por tu humor. ¡Achicoria!”. El homenaje urbano confirma el valor icónico adquirido por esa palabra. El hotel pertenece al arquitecto Ernesto “Pico” Goransky, amigo de Daniel desde los veinte años.

Cuentan los Luthiers que la audacia de Daniel lo convirtió en un improvisador con poco filtro. El público tiende a recordar su brillantez por encima de cualquier cosa, aunque esto no significa que, en algunas ocasiones, no se hubiera zarpado respecto de los estándares del espectáculo. En sus improvisaciones, el método de prueba y error era constante. Ese método es algo usual en el humor: no hay otra forma de medir la eficacia de un chiste si no es poniéndolo a prueba, lo cual siempre supone algún riesgo. La diferencia con Daniel estaba en el tamaño del riesgo que asumía. Podía pasar que tirara una línea sin red, que muchas veces era un agregado delirante o absurdo, y que el público no lo entendiese ni se riera. En esos momentos surgía, con más fuerza que nunca, aquella insistencia proverbial de su personalidad. Por lo tanto en la función siguiente, para desconcierto de sus compañeros, volvía a hacer el agregado delirante que no había sido descubierto o no le habían festejado.

Cada tanto la pegaba. ¿Con qué frecuencia? Hay estadísticas para todos los gustos. Uno de los Luthier dice que lo hacía la mitad de las veces que lo intentaba. Otro es más cauto: una de cada cinco. Se estima que el promedio de aportes improvisados por Daniel era de alrededor de uno cada tres funciones, dato que tampoco tiene asidero científico: solo son pareceres. Pero la cuestión estadística, aunque fuera confeccionada con trazo grueso, bien podría explicar dos cosas: la osadía de Daniel para perseverar con la improvisación sistemática y la condescendencia de sus compañeros con esta excepción al mecanismo de relojería sobre el que se montan los espectáculos de Les Luthiers. Se trata, en definitiva, de una cuestión de costo-beneficio. El coeficiente de eficacia humorística de Daniel y su genial resultado eran tan altos que si fracasaba con un chiste él no se amedrentaba y volvía a la carga. Por otra parte, sus compañeros disculpaban los traspiés porque al final del día los éxitos eran, cualitativamente, mucho más importantes que los chistes fallidos. Huelga reiterar que Daniel era un Luthier singular, sin desmedro del talento de Marcos para seguirle el juego e improvisar, él también, en su propio registro intelectual y actoral.

Con el tiempo, los límites internos fueron corriéndose. Daniel podía producir desconcierto y, sobre todo, causar tentación. Cuenta Maronna: “Me tentó miles de veces. Nosotros tratábamos de evitarlo porque no está bien visto tentarse en escena, no es algo recomendable, pero Daniel era demasiado gracioso y poco previsible. Porque si bien había un guión sólido, tenía lugares en los que podía apartarse. Era capaz de hacer desvíos y muchas veces resultaba irresistible”.

Por lo general, al llegar al teatro avisaba que tenía algo que se le había ocurrido. Alertados, los demás Luthiers esperaban el momento para ver cuán eficaz resultaba la novedad. Se trataba de pequeños agregados o cambios de texto. Después se le ocurrían otras variantes, ampliaciones, personajes que surgían de una semillita que él traía y terminaban creciendo más de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Así sucedió con su habilidad para la mala lectura adrede de un texto, los tropiezos con la puntuación y la alteración de las palabras. Los textos que leía Marcos traían la idea, y Daniel luego los desarrollaba y ampliaba. Esa habilidad convirtió en memorable un embrollo como el que se daba en “El poeta y el eco” en torno de la pregunta “¿Viene de Viena?”. El clímax lo alcanzaría, sin duda, con Esther Píscore, combinación de trabucación y desvarío con reflexiones desopilantes.

 

El más cómico

Lino Patalano, veterano productor artístico y socio representante de Les Luthiers, no ahorra énfasis para referirse a Daniel. Es más, dice que sigue viéndolo en las funciones porque no cree en la muerte. Habla, más bien, de un cambio de dimensión. “Daniel fue uno de los más grandes actores argentinos, independientemente de la música y del grupo. Él está acá con nosotros”.

En algún momento, Lino quiso hacer una obra de teatro con Daniel. ¿Llegó a haber un proyecto concreto? “Él era una explosión de proyectos. Podía proyectar desde un asado hasta una ópera, una película o un libro. ¿Viste cuando se abren todos los capullos y florecen? Él estaba de primavera los doce meses del año. Era un personaje especial en todos los sentidos. Le encantaba ir a ver todos los espectáculos de teatro, de música, de teatro, de ballet. Era una esponja para absorber el arte en todos los lugares que frecuentaba”.

Patalano descubrió a Daniel desde la platea en el Di Tella, más tarde lo vio en La Fusa de Punta del Este y después en La Cebolla. “Empecé a seguirlos más cuando estuvieron en el Lasalle, donde ponían una botella de whisky entre los asientos, una idea que era obviamente de él. Al final terminabas con un pedo… Tuve que volver a ver el espectáculo al día siguiente porque no me acordaba ni de lo que había visto; éramos jóvenes”.

Siguió viéndolo actuar, hasta que un día de 1996 Marcos Mundstock le preguntó si no quería representarlos. “La primera reunión fue con Marcos. La segunda, con Daniel. Era un ser especial, único”.

Desde que desvincularon a Chiche Aisenberg hasta que sumaron a Patalano, el administrador de Les Luthiers fue, durante unos cuantos años, Daniel. Ya tenía experiencia en esa función porque la había desempeñado al principio, antes de Aisenberg. La segunda gestión duró hasta que en 1995 sufrió el infarto en Barcelona.

El traspaso al experimentado Patalano resultó ordenado, aunque no exento de celos recíprocos. En todo caso, la opinión de Patalano sobre Daniel siempre fue altísima en todos los rubros. “Era un actorazo”, remarca Lino. Una verdad consagrada incluso por el sitio oficial de Les Luthiers, donde se lo califica como un componente fundamental desde los comienzos. “Aparte de excelente cantante y músico versátil, fue señalado muchas veces como el más cómico del grupo”.

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De todos los Luthiers, Daniel fue, junto a Marcos, el que más trabajos hizo en forma independiente tanto en televisión como en cine. Contó con innumerables ocasiones para mostrar su talento actoral fuera del formato, amplio y a la vez circunscripto, que desplegaba el grupo.

El 30 de mayo de 1993 debutó en Juana y sus hermanas, que se emitía por Canal 13, con un personaje hecho a su medida que duró trece capítulos. Allí era un locutor que recibía un programa en una FM y que debía acompañarse de una acomodada: Roxana, “la cheta”, personaje interpretado por Juana Molina, la actriz principal del ciclo.

También estuvo en Peor es nada, con Jorge Guinzburg; en la serie Tiempo final; en La Memoria, de David Stivel; en La familia potente, en La Argentina de Tato, en la serie La dueña –protagonizada por Mirtha Legrand– y en Algo habrán hecho, el programa sobre historia argentina conducido por Mario Pergolini.

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En 1973, Daniel protagonizó una publicidad en Brasil. El aviso era un comercial de vodka y fue convocado por Andrés Bukowinski, el director de publicidad polaco que vivió en Inglaterra y en la Argentina, radicado en San Pablo desde hace muchos años. En 1969, Bukowinski había ganado en Cannes el primer “León de Oro” para una campaña argentina –fue por la del lanzamiento del Renault 4 L– razón por la cual un día fue invitado al programa de Antonio Carrizo, donde se cruzó con Les Luthiers. Fue su seguidor desde la primera hora, incluso también de I Musicisti. Con Daniel se conocieron en esa circunstancia que finalmente fue la base de una amistad de más de cuarenta años.

En realidad, el vínculo se forjó en un departamentito paulista donde funcionaba la agencia de Bukowinski y donde alojaron a Daniel durante los cinco días que duró el rodaje de la publicidad para la que lo habían contratado. La marca en cuestión era Smirnoff. “Daniel aparecía hablando en un portugués macarrónico, pero no importaba porque el audio después iba a doblarse con un profesional brasileño”, cuenta Andrés. “Decía: ‘Smirnoff, la bebida invisível’. Lo de la invisibilidad iba con la frase ‘nadie descubre que você bebió’, que Daniel repetía tirando aliento y señalándose la boca”. Sin embargo, resultó que el dueño de la agencia resolvió dejar el sonido original. “Fue una gran idea –afirma Andrés– porque el fuerte de la película, además de la presencia de Daniel, estaba en su acento: era terrible. Fue furor”.

Un coletazo de la historia pinta otra faceta de Neneco. Poco tiempo después de haber hecho aquel aviso, llamó por teléfono a Bukowinski para decirle que le habían ofrecido hacer una segunda película de Smirnoff, pero esta vez sin su amigo. Bukowinski le respondió que estaba bien, que esas cosas pasaban, y que aceptara igual. “Mirá la lealtad que tenía… –dice hoy el director por entonces puenteado– Llamar para decirme: ‘No voy a hacerla porque a vos no te llamaron’. Ningún actor hace una cosa así”.

Neneco
Recorre los aspectos íntimos de un artista fundamental que quedará, por siempre, en el corazón de su público.
Publicada por: Planeta
Fecha de publicación: 06/01/2017
Edición: 1a
ISBN: 978-950-49-5757-7
Disponible en:Libro de bolsillo

 

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