lunes 16 de octubre

Brasil: nuevos dramas acechan tras la muerte de un sistema podrido

Desde hace algunos años, la palabra “relato” cobró mala fama en la Argentina, al calor de las tirrias fogoneadas a ambos lados de la grieta bicentenaria. Sin embargo, la política misma está hecha de relatos.

Esto es especialmente cierto en una democracia, donde se imponen los que resultan más eficaces en dar cuenta de las percepciones y deseos de una mayoría siempre fluctuante.

La propia democracia es relato. Sus bases, esto es la idea del carácter determinante de la voluntad popular, del imperio de la ley, de la obligación de los representantes de responder a sus mandantes y de atarse a reglas morales, forman parte de uno que ha sido extremadamente eficaz desde el surgimiento del liberalismo en Inglaterra y, luego, recreado, en Francia.

Obviamente, ese relato, que la academia llama con exageración “ficción democrática”, no se corresponde perfectamente con la realidad material y, de hecho, ha sido impecablemente funcional a la invisibilización de la política subterránea, la de los poderes fácticos y los grupos de interés. Ni más ni menos que a la influencia del dinero como mediador entre gobernantes y gobernados. El apartamiento de los primeros de los contratos electorales es una constante que, gracias al relato, nunca deja de parecernos una sorprendente anomalía.

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