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«Esto lo cambia todo», de Naomi Klein

Tapa KLEIN ESTO LO CAMBIA TODO ok


Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima, es el nuevo libro de la periodista Naomi Klein en el cual aborda la amenaza más profunda a la que la humanidad se ha enfrentado jamás: la guerra que nuestro sistema económico está librando contra la vida en la tierra. Así, pone en descubierto los mitos que enturbian el debate sobre el clima.El cambio  climático, sostiene Klein, es una alarma que debe despertar a la civilización: un mensaje poderoso que nos llega en forma de incendios, inundaciones, temporales y sequías. A continuación, un fragmento del libro a modo de adelanto: 

NO HAY MESÍAS QUE VALGA
Ningún multimillonario verde nos va a salvar

Siempre me había salido con la mía infringiendo las reglas y pensé que aquello no iba a ser distinto. Y me habría vuelto a salir con la mía si no me hubiera podido la avaricia.

Richard Branson, sobre el hecho de que lo detuvieran por evadir impuestos a principios de la década de 19701

Hay que liderar desde arriba. Nadie va a empezar nada desde la base.

Michael Bloomberg, exalcalde de Nueva York, 20132

En su libro Hagámoslo (titulado originalmente Screw It, Let’s Do It), una mezcla de autobiografía y manifiesto programático del negocio empresarial New Age, Richard Branson, el extravagante fundador de Virgin Group, compartió con los lectores el relato interno de lo que él llama su «conversión damascena» (en alusión a la de san Pablo, camino de Damasco) en la lucha contra el cambio climático. Corría el año 2006 y Al Gore, de gira con su Una verdad incómoda, acudió al domicilio del multimillonario para recalcarle los peligros del calentamiento global y para intentar convencer a Branson de que usara sus propias líneas aéreas, Virgin Air‐lines, como factor catalizador del cambio.

«Fue toda una experiencia tener a un comunicador brillante como Al Gore ofreciéndome una exposición de PowerPoint en persona —escribe Branson sobre aquel encuentro—. No solo fue aquella una de las mejores exposiciones que jamás haya visto en la vida, sino que el tomar conciencia de que nos enfrentamos potencialmente al fin del mundo según lo conocemos resultó una experiencia profundamente perturbadora para mí. […] Allí sentado, escuchando a Gore, vi que se nos venía encima el mismísimo Armagedón.»

Según su propio relato, la primera medida que tomó Branson tras aquella aterradora epifanía fue convocar a Will Whitehorn, el entonces director de desarrollo corporativo y de marca de Virgin Group. Juntos hablamos a fondo de esas cuestiones y tomamos la decisión de cambiar el modo de funcionamiento de Virgin a nivel tanto corporativo como global. Bautizamos ese nuevo enfoque del negocio de Virgin con el nombre de Capitalismo Gaia, en honor de James Lovelock y su revolucionaria visión científica» (es decir, en referencia a la teoría de Lovelock según la cual la tierra conforma «un único y enorme organismo vivo, y cada una de las partes individuales del ecosistema reaccionan con todas las demás»). El Capitalismo Gaia no solo «ayudar[ía] a que Virgin t[uviese] una influencia positiva real en la próxima década sin avergonzarse de ganar dinero al mismo tiempo», sino que Branson estaba convencido de que aquella fórmula encerraba suficiente potencial como para convertirse en «una nueva forma de hacer negocios a escala mundial».

Antes de que acabara el año, el patrón de Virgin ya estaba listo para hacer su gran acto de entrada en la escena verde (y Branson sabe bien cómo escenificar entradas a lo grande: en paracaídas, en globo, en moto acuática o haciendo kite surfing con una modelo desnuda abrazada a su espalda…). En el encuentro que más figuras con poder
reúne de todo el calendario filantrópico anual, el de la Iniciativa Global Clinton de 2006, celebrado en Nueva York, Branson anunció su compromiso para gastar unos 3.000 millones de dólares durante la década siguiente en el desarrollo de biocombustibles alternativos al petróleo y al gas, y en otras tecnologías que sirvan para combatir el cambio climático. Ya solo la cifra en sí era mareante, pero la parte más elegante de su plan radicaba en cuál sería el origen de ese dinero: Branson desviaría a esa iniciativa fondos de los beneficios generados por las divisiones de transporte de Virgin, cuyo negocio se alimentaba de la energía de los combustibles fósiles. Branson lo explicó así en una entrevista: «Todos los dividendos, ventas de acciones o dinero que ganemos con nuestras líneas aéreas o de ferrocarril se aprovecharán para hacer frente al calentamiento global, para inversiones en la búsqueda de nuevos combustibles limpios y para inversiones en la búsqueda de carburantes para los motores de reacción para que, con un poco de suerte, evitemos lo inevitable, ya sabe, la destrucción del mundo si dejamos que siga tal como va ahora».

En suma, Branson se ofrecía voluntario para hacer precisamente aquello que nuestros Gobiernos no habían querido legislar; es decir, para obligarse a sí mismo a canalizar las ganancias obtenidas mediante actividades que calientan el planeta hacia la costosa transición que nos aparte de esas peligrosas fuentes de energía. El director de la campaña Move America Beyond Oil («Llevemos a Estados Unidos más allá del petró‐leo»), del NRDC, dijo a propósito de las iniciativas de energías renovables de Virgin que aquello era «justamente el ejemplo en el que toda la industria debería fijarse». Al mismo tiempo, Branson se comprometió a que, si sus divisiones de transporte no fuesen suficientemente rentables como para cubrir los 3.000 millones de dólares prometidos, «el dinero saldr[ía] de nuestros otros negocios». Haría, pues, «lo que hiciese falta» para cumplir con el compromiso, porque «¿de qué servirá echarse atrás si, de no actuar, tampoco quedarán negocios a los que dedicarse?».

El anuncio encandiló a Bill Clinton, que calificó el compromiso de los 3.000 millones de dólares de «pionero, no ya por la cifra en sí, que es fenomenal, sino también por lo que expresa con él». La revista The New Yorker lo describió como, «con diferencia, el mayor compromiso de ese tipo que se haya hecho hasta el momento para luchar contra el calentamiento global».

Pero Branson no había terminado aún. Un año después, volvía a ser noticia con el anuncio del Virgin Earth Challenge: un premio de 25 millones de dólares que iría a parar al primer inventor que idease el modo de capturar de la atmósfera 1.000 millones de toneladas de carbono al año «sin efectos secundarios perjudiciales». Lo describió como «el mayor premio jamás ofrecido en la historia por un logro científico o tecnológico». Esa, a juicio del propio Branson, era «la mejor manera de hallar una solu‐ción para el problema del cambio climático». En un comunicado oficial ahondó un poco más en la idea: «Si las mejores mentes del mundo actual compiten, como estoy seguro que harán, por el Virgin Earth Challenge, creo que, a lo mejor, encontraremos una solución para el problema del CO2, una solución que podría salvar nuestro planeta no solo para nuestros hijos, sino para todos los hijos de generaciones futuras».

Y lo mejor de todo aquello, añadió, era que, si esos genios en competencia descifran el código del dilema carbónico, el «escenario de pesimismo y perdición que tenemos ahora mismo por delante desaparece por completo. Podemos seguir viviendo de un modo más o menos normal: podemos conducir coches, podemos volar en avión, podemos seguir con nuestra vida de siempre».

En realidad, la idea de que podemos resolver la crisis del clima sin necesidad de modificar nuestros estilos de vida en ningún sentido (y, desde luego, sin dejar de volar con Virgin) parecía ser la idea subyacente a todas las iniciativas climáticas de Branson. Con el compromiso de inversión de 3.000 millones de dólares, intentaría lograr la invención de un combustible bajo en carbono que pudiera mantener a sus aerolíneas funcionando a pleno rendimiento. Si eso fallaba, y había que seguir consumiendo carbono para mantener esas aeronaves en vuelo, entonces el premio ayudaría seguramente a inventar el modo de succionar de la atmósfera ese gas «atrapacalor» antes de que sea demasiado tarde. Y, finalmente, para asegurarse un poco más, Branson lanzó en 2009 la llamada Carbon War Room, una organización con numerosos socios entre las grandes empresas multinacionales, dedicada a buscar vías para que diversos sectores puedan reducir sus emisiones voluntariamente y ahorrar dinero en el proceso. «El carbono es el enemigo —declaró Branson—. Ataquémoslo de todas las formas posibles, porque, si no, morirán muchas personas, como en cualquier otra guerra.»

Multimillonarios y sueños rotos

Para muchos ecologistas del movimiento verde convencional, Branson parecía un sueño hecho realidad: un multimillonario llamativo, adorado por los medios de comunicación, que saltaba a la palestra para mostrar al mundo que las compañías que mantenían líneas de negocio intensivas en el consumo de combustibles fósiles podían liderar el camino hacia un futuro verde usando el lucro mismo como la herramienta de transformación más potente. Alguien que, además, para demostrar que iba en serio, estaba poniendo impactantes cantidades de su propio dinero sobre la mesa. Como Branson explicó a la revista Time, «si el Estado no puede, tendrán que ser las propias empresas privadas [las que lo hagan]. Tenemos que convertir esto en una situación en la que todas las partes implicadas salgan ganando».12 En el fondo, eso era lo que organizaciones como el EDF llevaban diciendo desde la década de los ochenta: así justi‐ficaban su colaboración con los grandes contaminadores y sus intentos de implantación de los mercados de carbono. Pero nunca antes había habido una figura individual como aquella dispuesta a usar su propio impe‐rio multimillonario como campo de pruebas. El propio relato personal de Branson sobre el impacto de aquella exposición de PowerPoint que le hizo personalmente Gore también parecía confirmar la idea —muy querida en numerosos círculos del movimiento verde— de que, para transformar la economía y alejarla de los combustibles fósiles, no hacía falta en‐frentarse a los ricos y los poderosos, sino simplemente aproximarse a ellos con suficientes argumentos y datos persuasivos que apelaran a su conciencia humana.

Branson no era el primer gran filántropo verde. Ahí estaban ya hombres como el financiero Jeremy Grantham, que apoya económicamente a gran parte del movimiento ecologista estadounidense y británico —y que ha becado numerosas investigaciones académicas relacionadas con el tema— con recursos procedentes de Grantham, Mayo, Van Otterloo & Co., la gestora de inversiones de la que él es cofundador.* Pero estos financiadores tendían a mantenerse entre bastidores, lejos del foco público. A diferencia de Branson, Grantham no ha tratado en ningún momento de convertir su propia firma financiera en demostración viva de que la búsqueda de ganancias económicas a corto plazo es perfectamente compatible con el aquietamiento de sus inquietudes personales individuales ante un colapso ecológico. De hecho, son famosas sus pesimistas cartas trimestrales, en las que reflexiona sobre el rumbo de colisión que mantiene nuestro modelo económico actual con la capacidad del planeta. «Ignorando la naturaleza finita de los recursos y desatendiendo el bienestar a largo plazo del planeta y su biodiversidad (potencialmente crucial), el capitalismo amenaza nuestra existencia misma», escribió Grantham en 2012. Pero eso no significa que, mientras naufragamos, no pueda haber inversores avispados que se hagan muy ricos, ya sea con la carrera final por hallar nuevos depósitos de combustibles fósiles, ya sea situándose ellos mismos como capitalistas del desastre.

Tomemos el caso de Warren Buffett, por ejemplo. Durante un tiempo, también él parecía estar presentándose como candidato para el papel de «Gran Esperanza Verde», como, por ejemplo, cuando en 2007 declaró que «existe una probabilidad muy elevada de que el calentamiento global sea grave» y que, aunque haya una probabilidad también de que no lo sea, «hay que construir el arca antes de que empiece a llover. Si hay que equivocarse, que sea por defecto, a favor del planeta. Creemos un margen de seguridad para cuidar del único planeta que tenemos».

Pero pronto quedó claro que Buffett no estaba interesado en aplicar esa lógica a sus propios activos empresariales. Todo lo contrario: Berkshire Hathaway se ha esforzado cuanto ha podido para garantizar que el diluvio llegue y descargue con la máxima virulencia. Buffet es propietario de varias compañías suministradoras de electricidad y energía producida mediante la combustión de carbón y posee importantes cuotas accionariales en ExxonMobil y en el gigante de las arenas bituminosas Suncor. En 2009, Buffett hizo además su anuncio más significativo en ese sentido: su firma compraría por 26.000 millones de dólares la parte que aún no poseía de la compañía ferroviaria Burlington Northern Santa Fe (BNSF). Buffet calificó aquel acuerdo de adquisición

Esto (la mayor compra en la historia de Berkshire Hathaway) de «apuesta por el país». Pero era también una apuesta por el carbón: BNSF es una de las principales transportistas de ese mineral en Estados Unidos y uno de los más potentes motores impulsores de la tendencia a ampliar las exportaciones de carbón a China.

Inversiones como esa nos empujan más aún por la cuesta hacia el calentamiento catastrófico, por supuesto, y Buffett está muy bien posicionado para seguir siendo uno de los grandes triunfadores en esa trayectoria descendente general. Y lo está porque es uno de los grandes factores del negocio de las reaseguradoras, que es la parte del sector de los seguros que más espera beneficiarse con las grandes alteraciones del clima. Como bien explica Eli Lehrer, el ya mencionado defensor de los intereses de las aseguradoras en Washington que desertó de las filas del Instituto Heartland a raíz de la controvertida campaña de las vallas publicitarias impulsa‐da por dicha institución, «una gran reaseguradora como la Berkshire Hathaway de Warren Buffett podría cubrir al mismo tiempo el riesgo de un accidente industrial en Japón, una inundación en el Reino Unido, un huracán en Florida y un ciclón en Australia. Dado que la probabilidad de que todos esos sucesos ocurran al mismo tiempo es prácticamente nula, la
reaseguradora puede obtener un beneficio con las primas que cobra por un tipo de cobertura aun cuando esté pagando colosales indemnizaciones por otro lado». Tal vez valga la pena recordar que el Arca de Noé no fue construida para meter en ella a todo el mundo, sino solamente a unos pocos afortunados.

El más reciente de los multimillonarios que está despertando grandes ilusiones en la escena del activismo climático es Tom Steyer, un destacado donante en varias campañas de protección del clima y contra la explotación de las arenas bituminosas, así como contribuidor a la financiación electoral del Partido Demócrata. Steyer, que construyó su fortuna con el fondo de inversión de cobertura Farallon Capital Management (que apuesta fuerte por empresas con un modelo de negocio basado en los combustibles fósiles), ha realizado diversos intentos serios para conseguir mayor coherencia entre sus tratos comerciales y sus inquietudes climáticas. Pero, a diferencia de Branson, Steyer lo ha hecho abandonando la compañía que fundó, precisamente porque, tal como declaró al Globe and Mail, «en ella se valoraban las cuentas de resultados de las empresas, no sus huellas de carbono». Y añadió: «Ahora mismo me apasiona presionar para conseguir que se haga lo que creo que es correcto. Y mi conciencia no me permitiría hacer algo así y mantener al mismo tiempo un empleo —y ser muy generosamente remunerado por él— en el que no estuviese haciendo directamente lo correcto». Esta postura es muy diferente de la de Branson, que trata activamente de demostrar que, para una empresa que basa su negocio en los combustibles fósiles, no solo es posible hacer lo correcto sin cambiar de actividad, sino que incluso puede liderar la transición hacia una economía limpia.

Branson tampoco pertenece exactamente a la misma categoría que Michael Bloomberg y Bill Gates. Estos dos han usado su filantropía para influir intensamente en las soluciones climáticas ofrecidas. Bloomberg, por ejemplo, está considerado por muchos como una especie de héroe por sus cuantiosas donaciones a organizaciones ecologistas como el Sierra Club y el EDF, y por las políticas climáticas presuntamente inteligentes que introdujo durante sus mandatos al frente de la alcaldía de la ciudad de Nueva York.

Pero aunque ha hablado mucho de burbujas del carbono y de activos inmovilizados (su compañía tiene previsto introducir la llamada «Herramienta Bloomberg de valoración del riesgo del carbono» para proporcionar datos y elementos de análisis a sus clientes a propósito de qué impacto tendrían una serie de acciones climáticas en el precio de las participaciones accionariales de las empresas de combustibles fósiles), Bloomberg no ha realizado ningún intento serio de gestionar su propia (e inmensa) for‐tuna de un modo que refleje esas supuestas preocupaciones, sino todo lo contrario. Como ya he mencionado previamente, impulsó la creación de Willett Advisors, una firma especializada en la gestión de inversiones en activos del sector del petróleo y el gas, tanto para su cartera personal como para las de sus iniciativas filantrópicas. Brad Briner, director de activos tangibles de Willett, se expresó sin rodeos en junio de 2014 cuando afirmó que, «ahora mismo, nosotros estamos tomando posiciones en gas natural. Y creemos que el petróleo está bien de precio», y apoyó su argumento en las inversiones en nuevas perforaciones que actualmente hay en perspectiva.

No se trata simplemente de que Bloomberg esté dedicándose activamente a la compra a buen precio de activos en el sector de los combustibles fósiles mientras sufraga informes que advierten de que el cambio climático es un «negocio arriesgado», si no que es muy posible que esos activos en gas hayan incrementado su valor a raíz del apoyo prestado por Bloomberg a las causas medioambientales, ya sea con la defensa del gas natural como sustituto del carbón liderada por el EDF, ya sea con las decenas de millones de dólares de las fundaciones del magnate que el Sierra Club se ha gastado cerrando centrales térmicas de carbón. ¿Acaso ese interés por sufragar la guerra contra el carbón venía motivado (al menos en parte) por el deseo de hacer subir el precio de las acciones de las empresas gasísticas? ¿O esa no fue más que una bonificación sobrevenida? Tal vez no exista relación directa alguna entre sus prioridades filantrópicas y su decisión de confiar gran parte de su fortuna al sector del petróleo y el gas, pero las inversiones de Bloomberg suscitan inevitablemente ciertas preguntas incómodas sobre su estatus como héroe del activismo climático y sobre su nombramiento en 2014 por las Naciones Unidas como Enviado Especial sobre las Ciudades y el Cambio Climático. (Unas preguntas, por cierto, que Bloomberg ha declinado contestar pese a que le han sido formuladas en reiteradas ocasiones.) Cuando menos, demuestran que saber apreciar los riesgos que el cambio climático plantea para los mercados financieros a largo plazo puede no ser suficiente para reducir la tentación de sacar provecho a corto plazo de la desestabilización del planeta.

Bill Gates mantiene un parecido cortafuegos entre sus palabras y su dinero. Aunque él ha declarado públicamente la gran preocupación que le produce el cambio climático, la Fundación Gates tenía en diciembre de 2013 al menos 1.200 millones de dólares invertidos en dos gigantes del petróleo, BP y ExxonMobil, y esa no es más que la punta del iceberg de su cartera en activos del sector de los combustibles fósiles.

El enfoque adoptado por Gates con respecto a la crisis climática tiene muchos elementos en común con el de Branson. Cuando Gates tuvo su particular epifanía sobre el cambio climático, él también se apresuró a aventurarse por la senda de la búsqueda de un invento tecnológico futuro capaz de solucionar el problema de manera directa y eficaz, en vez de detenerse a valorar las respuestas viables que, por mucho que cuestionen el orden económico dominante, ya existen y son una realidad aquí y ahora. En las Conferencias TED, en artículos de opinión, en entrevistas y en sus muy comentadas cartas anuales, Gates repite su llamamiento a los Gobiernos para que incrementen sensiblemente el gasto en investigación y desarrollo con el fin de acelerar el descubrimiento de «milagros energéticos». Por milagros, Gates entiende reactores nucleares aún no inventados (él es uno de los inversores principales y presidente de la start‐up nuclear TerraPower); entiende también máquinas que succionen el carbono de la atmósfera (es el inversor principal en al menos uno de esos prototipos); y
entiende asimismo la manipulación directa del clima (Gates ha gastado millones de dólares de su propio dinero financiando estudios de diversos sistemas de bloqueo o atenuación de los rayos solares, y su nombre también figura en varias patentes de mecanismos de inhibición de huracanes). Al mismo tiempo, ha minimizado el potencial de las tecnologías existentes en el campo de las energías renovables. «Centramos demasiados esfuerzos en desplegar tecnologías que ya tenemos», ha afirmado Gates, que ha restado importancia a soluciones energéticas como las instalaciones solares en los tejados de los edificios diciendo que son tan «bonitas» como «poco viables desde el punto de vista económico» (y eso a pesar de que estas «bonitas» tecnologías proporcionan ya el 25 % de la electricidad de toda Alemania).

La verdadera diferencia entre Gates y Branson es que este último todavía mantiene una función de liderazgo directo en Virgin, mientras que Gates dejó la dirección ejecutiva de Microsoft hace años. De ahí que cuando Branson entró en la batalla por el clima, el suyo constituyese en realidad un caso único: el de alguien que prometía transformar una gran multinacional —una para la que los combustibles fósiles suponían un factor productivo esencial— en un motor para la construcción de la economía que viene. La única figura de esa clase que despertó esperanzas similares por aquella época fue la del presuntuoso magnate texano del petróleo T. Boone Pickens, que, en 2008, lanzó el «Plan Pickens». Este plan, apoyado en un considerable presupuesto para publicidad en prensa escrita y televisión, prometía terminar con la dependencia estadounidense del petróleo extranjero potenciando enormemente las energías eólica y solar, y adaptando los motores de los vehículos al gas natural como combustible. «He sido un empresario del petróleo toda mi vida —decía Pickens en sus anuncios con su marcado acento de Texas—. Pero perforando no hallaremos el túnel que nos saque de la emergencia a la que nos enfrentamos.»

Las políticas y subvenciones que Pickens defendía eran aquellas en las que su propio fondo de inversión de cobertura, BP Capital, estaba muy bien posicionado para rentabilizar en su propio provecho, pero eso a los verdes que lo jalearon en aquel momento no les importaba. Carl Pope, que entonces dirigía el Sierra Club, llegó incluso a subirse con el multimillonario a bordo de su jet privado Gulfstream para ayudarle a promo‐cionar su plan ante la prensa. «Por decirlo lisa y llanamente, T. Boone Pickens se ha propuesto salvar a Estados Unidos», sentenció.24
O tal vez no. Poco después del anuncio de Pickens, se disparó la fiebre del fracking y, de pronto, abastecer la red con electricidad producida a partir de gas natural no convencional pareció mucho más atractivo para BP Capital que recurrir a la energía eólica. En un par de años, el Plan Pickens había cambiado radicalmente hasta el punto de que ya casi no tenía nada que ver con las energías renovables y ponía casi todo el acento en el incremento de la extracción de gas a toda costa. «A ver, seamos serios, vamos a tener que aguantarnos con los hidrocarburos», dijo Pickens a un grupo de periodistas en abril de 2011. Por si fuera poco, también comenzó a cuestionar la gravedad del calentamiento global de origen humano. Y en 2012, cantaba ya sin reparos las virtudes de las arenas bituminosas y del oleoducto Keystone XL. David Friedman, el entonces director de investigaciones del Programa de Vehículos Limpios de la Union of Concerned Scientists, supo explicarlo muy bien: Pickens «no dejaba de decir que a él no le importaban los intereses privados, que lo que le preocupaba era el país y el mundo. Pero que descartara la parte de su plan que tenía realmente el mayor potencial para reducir el calentamiento y la contaminación globales y para contribuir a
crear nuevos empleos en Estados Unidos, y potenciara esa otra parte que, en el fondo, más beneficia a la cuenta de resultados de su propio negocio fue toda una decepción».

Así pues, nos quedaba Branson. Su compromiso, su premio y su proyecto general consistente en cambiar voluntariamente el capitalismo para que este funcione en consonancia con las leyes de «Gaia». Transcurrida casi una década desde la epifanía en PowerPoint del magnate británico, parece ya buen momento para hacer balance de su cruzada por la búsqueda de una solución en la «que todos salgamos ganando». Sería demasiado esperar de Branson que, en menos de diez años, hubiera conseguido que se cambiara el modo general de hacer negocios, desde luego. Pero, en vista del bombo y la expectación iniciales que creó, sí sería justo examinar cómo han progresado sus intentos de demostrar que la industria puede liderar el camino y sacarnos de la catástrofe climática sin necesidad de una intervención fuerte por parte de los Estados. Y es que, a la vista del deprimente historial de sus colegas multimillonarios verdes en ese frente, bien podría decirse que, si Branson no puede conseguirlo, nadie más podrá.

El compromiso que se convirtió en un «gesto»Comencemos por el «firme compromiso» de Branson para gastar 3.000 millones de dólares durante una década en el desarrollo de un combustible milagroso. Pese a que algunas informaciones en la prensa caracterizaron aquel compromiso como una especie de donación directa, su concepción original lo asemejaba más bien a una simple integración vertical. Y la integración es el sello distintivo de Branson: el primer negocio Virgin fue el de la venta de discos, pero Branson construyó su marca global asegurándose de que él fuese el propietario no solo de las tiendas donde se vendían dichos discos, sino también del estudio donde los grupos los grababan y de la discográfica que los representaba. Ahora está aplicando esa misma lógica a sus aerolíneas. ¿Por qué pagar a Shell y a Exxon para que abastezcan de combustible a los aviones y los trenes Virgin cuando la propia Virgin podría inventar su propio combustible para el transporte? Esa era la idea y, si semejante táctica funcionase, no solo convertiría a Branson en un héroe del ecologismo, sino que también haría de él un hombre inmensamente más rico.

Así que el primer tramo del dinero que Branson desvió de sus divisiones de transporte se destinó a lanzar un nuevo negocio Virgin, denominado inicialmente Virgin Fuels y que posteriormente ha sido sustituido por una entidad de capital riesgo llamada Virgin Green Fund. Cumpliendo con su compromiso, Branson comenzó invirtiendo en diversas iniciativas de desarrollo de agrocombustibles, incluida una muy cuantiosa apuesta (de aproximadamente 130 millones de dólares) por el etanol de maíz. Y Virgin ha asociado su nombre a varios proyectos piloto de biocombustibles (uno de ellos trata de obtener combustible para motores de reacción a partir de los eucaliptos y otro a partir de los residuos del gas), aunque no ha entrado en ellos como empresa inversora. (En vez de ello, les ofrece apoyo publicitario y el compromiso de adquirir el carburante así desarrollado si este termina resultando viable.) Pero el propio Branson ha admitido que el combustible milagroso que andaba buscando «no se ha inventado todavía» y que el sector de los biocombustibles se ha estancado, debido en parte al influjo del petróleo y el gas obtenidos mediante fracturación hidráulica. Respondiendo a las preguntas que se le presentaron por escrito para una entrevista, Branson reconoció que «cada vez es más evidente que de lo que se trata es de crear las condiciones de mercado que permitan que haya una cartera diversa de productores, suministradores y clientes de diferentes combustibles renovables que funcionen del mismo modo en que funcionan las cadenas de suministro del combustible convencional en la actualidad. Ese es uno de los temas que la iniciativa de combustibles renovables para motores de reacción de la Carbon War Room está intentando resolver».

Quizás esa sea la razón por la que la iniciativa de inversiones verdes de Branson parece haber perdido gran parte de su interés inicial por los combustibles alternativos. En la actualidad, el Virgin Green Fund continúa invirtiendo en una compañía de biocombustibles, pero el resto de sus inversiones forman un batiburrillo de proyectos vagamente verdes, que van desde los de desalinización de agua de mar hasta los de búsqueda de formas de iluminación más eficientes desde el punto de vista energético, pasando por un sistema de control para coches que ayude a los conductores a ahorrar gasolina. Evan Lovell, socio del Virgin Green Fund, reconoció en una entrevista que la búsqueda de un combustible rompedor ha pasado a enfocarse desde una perspectiva «mucho más gradualista», con menores riesgos y mayores rentabilidades a corto plazo.

Branson está en todo su derecho de diversificar su cartera para hacerse con un pedazo del mercado verde, por supuesto. Pero cientos de emprendedores capitalistas han seguido la misma estrategia de cobertura de riesgos, al igual que todos los grandes bancos de inversiones. Los movimientos de Branson en este sentido difícilmente parecerían merecedo‐res de la fanfarria inspirada por su anuncio original. Sobre todo, porque las inversiones en sí han sido poco destacables. Jigar Shah, un admirador de Branson que dirigió la Carbon War Room, se expresa con franqueza al respecto: «No creo que haya hecho muchas grandes inversiones en el terreno del cambio climático. Pero es bueno que sea un apasionado del tema».

Tampoco hay que olvidar la nada despreciable cuestión de la cantidad de dólares realmente gastados. Cuando Branson formuló su compromiso, dijo que invertiría «el cien por cien de las ganancias futuras que Virgin Group obtenga con nuestros negocios de transportes en la búsqueda de soluciones al calentamiento global por un valor estimado de 3.000 millones de dólares a lo largo de los próximos diez años».29 Hablamos de 2006. Si Branson quisiera alcanzar los 3.000 millones prometidos antes del año 2016, en este momento, debería haber gastado ya, al menos, 2.000 millones. Pero la cifra real ni se le acerca.
En 2010 (a los cuatro años del anuncio de su compromiso), Branson declaró a The Economist que, hasta entonces, solo había invertido «200 o 300 millones de dólares en energías limpias», y achacaba tan baja cifra a las escasas ganancias obtenidas en el sector de las aerolíneas. En febrero de 2014, dijo al Observer que «hemos invertido centenares de millones en proyectos de tecnologías limpias». Es decir, que no podemos considerar que haya hecho grandes progresos. Y puede que sean incluso menos de los que parecen. Según Lovell (el ya mencionado socio del Virgen Green Fund), Virgin no ha aportado todavía más que unos 100 millones de dó‐lares (otros inversores externos han aportado más o menos lo mismo por su parte) adicionales a su inversión inicial en el proyecto del etanol, lo que, a fecha de 2013, eleva la inversión total de Branson a una suma situada en torno a los 230 millones de dólares. (Y Lovell confirmó que «nosotros somos el vehículo primario» de la promesa de Branson.) Añadamos a esa cifra una inversión de una cantidad no revelada (pero, en cualquier caso, de carácter personal y modesto) en una compañía especializada en algas llamada Solazyme, y ni así nos estaremos acercando siquiera a los 300 millones de dólares de inversión total a los siete años del anuncio del compromiso de 3.000 millones de dólares en una década. Y, hasta el momento de escribir estas líneas, no se había anunciado ninguna nueva inversión reseñable.

Branson se negó a responder preguntas directas sobre cuánto había gastado y comentó al respecto que «es muy difícil cuantificar el total que llevamos invertido en todo el Grupo en relación con el cambio climático». Y lo cierto es que su laberíntico conglomerado empresarial y de inversiones dificulta muchísimo el cálculo de estimaciones independientes. «No soy muy bueno con los números —dijo en una ocasión el multimillonario refiriéndose a otro rincón turbio del imperio Virgin—: suspendí las matemáticas de primaria.» Parte de la confusión proviene del hecho de que no está claro qué debería incluirse como parte cumplida del compromiso original de los 3.000 millones de dólares y qué no. La campaña comenzó siendo una búsqueda con un objetivo muy definido: el hallazgo de un milagroso combustible verde. Luego se fue ampliando hasta convertirse en la búsqueda de tecnologías limpias en general y, por último, de cualquier «eco‐cosa», a juzgar por la evolución seguida. Branson dice ahora que, entre el paquete de gastos dedicados a cumplir con su compromiso, él cuenta las «inversiones efectuadas por compañías individuales del grupo Virgin en medidas de sostenibilidad, como, por ejemplo, flotas de aviones más eficientes». En fecha más reciente, la lucha de Branson contra el calentamiento global se ha centrado en torno a varios intentos de hacer más «verdes» sus dos islas privadas en el Caribe, una de las cuales le sirve de complejo residencial familiar de lujo y la otra, como hotel que oferta estancias a precios de hasta 60.000 dólares por noche. Branson lo justifica diciendo que el modelo que está implantando allí ayudará a naciones caribeñas vecinas a realizar el cambio a las energías renovables. Pero por mucho que ayude en ese sentido, sigue estando muy lejos de la transformación del capitalismo prometida en 2006.

El patrón de Virgin resta importancia ahora a su «compromiso» inicial, al que ya no se refiere como tal, sino que prefiere llamarlo «gesto». En 2009, declaró a la revista Wired que, «en cierto sentido, que sean 2.000, 3.000 o 4.000 millones de dólares no tiene especial relevancia». Branson calcula que, cuando se cumpla el plazo límite de los diez años fijados por él mismo, «al ritmo actual, se habrán invertido menos de 1.000 millones de dólares». Pero es posible que incluso esa cifra sea una exageración: si la información públicamente disponible es correcta, él tendría que triplicar (o más incluso) las inversiones en energías verdes que ha realizado hasta el momento. Preguntado al respecto, Branson achaca la cortedad de las cifras desembolsadas a toda clase de factores, que van desde los elevados precios del petróleo hasta la crisis financiera global: «El mundo era muy diferente en 2006. […] En los últimos ocho años, nuestras líneas aéreas han perdido cientos de millones de dólares».

A la vista de tan variopintas explicaciones para haberse quedado tan corto en el cumplimiento de su compromiso, merecerá la pena que echemos un vistazo a algunas de las cosas para las que Richard Branson y Virgin sí tuvieron dinero en este periodo clave. Entre ellas, por ejemplo, una formidable iniciativa empresarial internacional que
supone la liberación de toneladas y toneladas adicionales de carbono en la atmósfera; en concreto, las emitidas por un colosal despliegue de flamantes nuevos aviones identificados, eso sí, por una estilizada «V» en sus colas.
Cuando Branson se reunió con Al Gore, advirtió al exvicepresidente de Estados Unidos de que, pese a lo alarmado que se sentía tras haber aprendido todo aquello sobre el cambio climático, estaba a punto de lanzar una nueva ruta aérea a Dubái y no tenía intención de dar marcha atrás. Pero la cosa no acaba aquí, ni mucho menos. En 2007, justo un año después de haber «visto la luz» en el tema del clima junto a Gore y de haber decidido, según él mismo dijo, que «mi nueva meta en la vida es trabajar por reducir las emisiones carbónicas», Branson lanzó su más ambiciosa empresa en años: Virgin America, una nueva aerolínea que compite en el mercado interior estadounidense. Incluso con respecto a los niveles normales de una compañía que comienza, los índices de crecimiento de Virgin America durante sus primeros cinco años de vida han sido asombrosos: de cuarenta vuelos diarios a cinco destinos en su primer año, ha pasado a 177 vuelos al día a 23 destinos diferentes en 2013. Y la aerolínea tiene previsto añadir cuarenta aviones más a su flota hasta mediados de la próxima década. En 2010, el Globe and Mail informó que Virgin America se encami‐naba hacia «la expansión más agresiva de todas las compañías aéreas norteamericanas en un momento en el que la mayoría de las aerolíneas que operan rutas nacionales están tratando de economizar gastos».

La capacidad de Branson para expandirse con tanta rapidez se ha visto facilitada por la venta de plazas a precios casi regalados, incluidos billetes a solo sesenta dólares.34 Con tarifas así, Branson no solamente le ha quitado pasajeros a United y a American, sino que también ha hecho que más gente que no volaba ahora lo haga. De todos modos, esta nueva línea aérea ha supuesto un enorme esfuerzo en costes para el grupo, al que le ha generado cientos de millones de dólares en pérdidas. Malas noticias, pues, para el Green Fund, que dependía de los negocios de transporte de Vir‐gin para recargarse de financiación.

Branson no se ha dedicado únicamente a expandir sus negocios de transporte de pasajeros en América. El número de personas que vuelan en las diversas aerolíneas australianas de la marca Virgin se incrementó en un 27 % durante los cinco años que siguieron al anuncio de su compromiso con el clima: de 15 millones de pasajeros en 2007 a 19 millones en 2012. Y en 2009, lanzó una nueva aerolínea de vuelos de larga distancia, V Australia. Posteriormente, en abril de 2013, Branson reveló la creación de otra nueva y ambiciosa empresa: Little Red, unas líneas aéreas para rutas nacionales británicas que empezarían con 26 vuelos diarios. Al más puro estilo Branson, cuando él mismo presentó la nueva aerolínea en Edimburgo, lo hizo vestido con una falda escocesa que se levantó ante los periodistas allí congregados para dejar ver por un instante sus calzoncillos que llevaban estampadas las palabras «la competencia está dura».Pero, como ya sucediera con Virgin America, el nuevo lanzamiento empresarial no pretendía simplemente competir con sus rivales por los viajeros ya existentes, sino que Virgin puso tal empeño en aumentar el número de personas dispuestas a usar la forma de transporte colectivo más intensiva en carbono que se conoce que, a modo de celebración, ofreció una oferta especial de plazas para algunos vuelos por las que no cobraba nada más que las tasas aeroportuarias correspondientes (es decir, algo así como la mitad del precio de un trayecto de taxi desde el centro de Londres hasta el aeropuerto de Heathrow en hora punta).

Así que esto es lo que ha estado haciendo Branson a raíz de su «conversión damascena» a la causa de la lucha contra el cambio climático: adquirir aviones como un poseso. Si sumamos sus diversas expansiones, unas 160 aeronaves a pleno rendimiento se han añadido a su flota global desde que Branson tuviera su particular epifanía contemplando la exposición que le hizo Al Gore, y es posible que sean muchas más. Y las con‐secuencias atmosféricas de semejante ampliación son perfectamente predecibles. En los años transcurridos desde el anuncio del compromiso climático de Branson, las emisiones de gases de efecto invernadero de las aerolíneas Virgin se han elevado en aproximadamente un 40 %. Las emisiones de Virgin Australia se dispararon en un 81 % entre 2006‐2007 y 2012‐2013, mientras que las de Virgin America lo han hecho a un ritmo más galopante todavía: un 177 % entre 2008 y 2012. (La única luz en tan oscuro historial de emisiones recientes de las compañías aéreas de Branson lo presentó la ligera caída registrada por Virgin Atlantic entre 2007 y 2010, pero es probable que esta no sea producto de ninguna política climática visionaria, sino de la recesión económica global y de la gran erupción volcánica acaecida en Islandia, factores ambos que golpearon a las líneas aéreas indiscriminadamente.)

Mucho de ese acusado ascenso en el nivel de emisiones de Virgin es fruto de la rápida tasa de crecimiento de sus aerolíneas; pero ese no fue el único factor. Según un estudio sobre la eficiencia relativa del uso de combustible de quince líneas aéreas estadounidenses en 2010 llevado a cabo por el Consejo Internacional para el Transporte Limpio (ICCT), Virgin America ocupa el noveno puesto en ese capítulo.37 Todo un logro si tenemos en cuenta que, a diferencia de sus competidoras (que llevan mucho más tiempo en el negocio), una compañía aérea tan nueva podría haber incorporado ya de inicio en sus operaciones todas las buenas prácticas conocidas sobre eficiencia de combustible. Es obvio que Virgin prefirió no hacerlo.

Y la cosa no se limita únicamente a los aviones. Mientras libraba públicamente su particular guerra contra el carbono, Branson desveló que patrocinaría una escudería de Fórmula Uno, Virgin Racing. Él asegura que se introdujo en ese deporte solamente porque vio la oportunidad de convertirlo en un deporte «más verde»; pronto perdió el interés. También invirtió mucho dinero en Virgin Galactic para hacer realidad su propio sueño particular de lanzar los primeros vuelos comerciales al espacio por apenas 250.000 dólares por pasajero. Los viajes espaciales de ocio no solo son un derroche inútil de energía (que calienta el planeta, por cierto), sino que también han terminado siendo un pozo sin fondo para el dinero de Branson; según la revista Fortune, a principios de 2013, el magnate de Virgin había gastado «más de 200 millones de dólares» en ese proyecto personal suyo y todavía quedaba muchísimo por hacer. Solo con eso parece haber gastado ya más de lo que ha dedicado a la búsqueda de un combustible verde con el que propulsar sus aviones.*

Cuando se le ha preguntado por la situación actual de su compromiso de 3.000 millones de dólares con el clima, Branson tiende a esgrimir el argumento de la falta de dinero y apunta, en concreto, a las pérdidas publicadas en sus negocios del sector del transporte.39 Pero a la vista del desbocado nivel de crecimiento que sus empresas han evidenciado en esos ámbitos de actividad, sus palabras suenan a excusa hueca. Por un lado, su negocio ferroviario parece ir viento en popa, pero, además, del aluvión de nuevas rutas y nuevas aerolíneas creadas durante estos años, cabe deducir que no han faltado excedentes de dinero para gastar. Lo que pasa es que Virgin Group decidió obedecer al más básico de los imperativos del capital: crecer o morir.

También vale la pena recordar que Branson dejó muy claro cuando anunció el compromiso que, si sus divisiones de transporte no eran suficientemente rentables como para cumplir con su objetivo inicial, desviaría fondos de otras áreas del imperio Virgin para cumplirlo. Y aquí chocamos contra un problema distinto, y es que el modus operandi de Branson no se ajusta precisamente al de los empresarios tradicionales. Él tiende a obtener ganancias relativamente modestas (cuando no pérdidas) de sus empresas y a gastar mucho dinero (de su bolsillo, del de sus socios y del de los contribuyentes) en la construcción de llamativas ampliaciones y ramificaciones de la marca Virgin. Cuando, de resultas de ello, termina consolidándose por fin una nueva compañía, él vende todas sus acciones en la misma (o una buena parte de ellas) por una jugosa suma y por un lucrativo acuerdo de licencia para el uso de su marca. Ese dinero no figura en ningún lugar como ganancias de sus empresas, pero ayuda a entender cómo el patrimonio neto de Branson aumentó desde un total estimado de 2.800 millones de dólares en 2006 (el año de su encuentro con Gore) hasta los 5.100 millones que se le atribuyen en 2014. Reflexionando sobre su pasión por el ecologismo, en una entrevista con John Vidal para el Observer, Branson declaró: «Creo que me interesa bastante más que ganar unos cuantos dólares más; lo encuentro mucho más satisfactorio». Sí, pero lo cierto es que ha ganado unos cuantos dólares más, vaya si los ha ganado.

Mientras tanto, el plazo límite de los diez años se aproxima muy rápidamente y no parece que estemos más cerca de encontrar ese combustible milagroso con el que propulsar los aviones de Branson, que queman hoy en día sustancialmente más carbono que cuando comenzó el periodo de su compromiso. Pero no hay nada que temer, porque Branson tiene lo que él llama una «póliza de seguro contra contingencias»: un premio para quien halle el modo de capturar el dióxido de carbono atmosférico, ¿recuerdan? Pues, bien, ¿qué tal van las cosas en ese otro terreno?. El increíble Earth Challenge menguante.

Tras el bombo original que rodeó al anuncio de los 25 millones de dólares de premio del Virgin Earth Challenge (o Earth Prize, como se lo conoce más habitualmente), la iniciativa pareció entrar durante un tiempo en una especie de letargo. Si los periodistas se acordaban de preguntar al patrón de Virgin por aquella búsqueda de una tecnología milagrosa que succionara grandes cantidades de carbono del aire, él parecía tratar de rebajar sutilmente las expectativas, haciendo más o menos lo mismo, pues, que con la cuestión de los combustibles verdes. Y nunca dejaba de advertir de que existía la posibilidad de que nadie ganase el premio. En noviembre de 2010, Branson reveló que Virgin había recibido en torno a unos 2.500 proyectos para participar en el mencionado concurso. Nick Fox, portavoz de Branson, explicó que muchas de aquellas ideas habían tenido que descartarse porque eran demasiado arriesgadas y, al parecer, otras que eran más seguras no estaban aún «suficientemente desarrolladas como para ser comercializadas de inmediato». Por emplear las palabras del propio Branson, no había «todavía un vencedor indiscutible».

Fox también mencionó que iban a necesitarse muchos más de 25 millones de dólares para determinar la viabilidad a gran escala de algunas de aquellas ideas. Él habló de una cifra situada más bien en torno a los 2.500 millones de dólares.

Branson asegura que no ha renunciado aún a la idea de conceder ese premio en algún momento futuro: «Esperemos que solo sea cuestión de tiempo que haya un ganador». Sí ha cambiado, sin embargo, el rol que se reserva para sí mismo con respecto al concurso y a sus vencedores: ahora no se concibe tanto como un patrocinador directo de los proyectos, sino más bien como una especie de miembro famoso del jurado de un programa de telerrealidad. Él dará su bendición a las ideas más prometedoras y les ayudará a conseguir asesoramiento al más alto nivel, además de inversiones y otras oportunidades que se deriven del hecho de que estén asociadas con la marca Virgin.

Esta nueva encarnación del Earth Challenge se hizo pública (rodeada de un bombo significativamente menor que el de la primera vez) en noviembre de 2011, en un congreso sobre energía en Calgary (Alberta). Hablando a los asistentes por videoconferencia, Branson anunció cuáles eran los once proyectos participantes más prometedores. Cuatro eran para desarrollar máquinas que succionarían directamente el carbono del aire (aunque ninguna de ellas se aproximaba siquiera a la escala mínima necesaria); tres eran de compañías que usarían una técnica basada en un proceso de obtención de carbonilla a partir de materia vegetal y estiércol (captadores naturales del carbono), que luego se enterraría en el terreno, aunque esa es una práctica cuyo uso a gran escala resultaría muy controvertido; y entre otras ideas variadas había una de un contenido tecnológico sorprendentemente bajo, consistente en modificar las costumbres de pastoreo del ganado para facilitar el potencial del terreno para capturar carbono.

Según Branson, ninguno de esos finalistas estaba listo todavía para ganar el premio de 25 millones de dólares, pero él había optado por presentarlos (exhibidos cual misses en un concurso de belleza) en aquel congreso sobre energía para que «los mejores ingenieros, inversores, formadores de opinión y decisores políticos trabajen juntos en este desafío. Solo entonces se hará realidad el potencial aquí mostrado. Y me parece que Calgary es una fenomenal ciudad para empezar».

Esa fue una elección muy reveladora, ciertamente. Calgary es el corazón económico del boom de las arenas bituminosas en Canadá. El petróleo procedente de esos depósitos sucios ha convertido la ciudad en una de las metrópolis más ricas del mundo, pero la continuidad de su prosperidad está supeditada por completo a que se sigan encontrando clientes para su producto. Y eso depende en muy buena medida de que se consigan construir oleoductos polémicos como el Keystone XL a través de un territorio que es cada vez más hostil a la idea, y de que se logre disuadir a Gobiernos extranjeros de cualquier propósito de aprobar leyes que penalicen un combustible que tiene una producción tan sumamente alta en carbono como el de Alberta.

Y es aquí donde entra en escena Alan Knight, asesor de Richard Branson en materia de sostenibilidad y hombre que el magnate británico puso al frente del Earth Challenge. Knight siempre se ha enorgullecido de ser el hombre de referencia de Branson en cuestiones ecológicas, pero la relación entre ambos no ha sido ni mucho menos exclusiva. Shell y Statoil (dos de los principales actores en el drama de las arenas bituminosas) eran también clientes de la consultoría de Knight. Como lo eran (según reconoce él mismo) «el Ayuntamiento de Calgary y la industria de las arenas petrolíferas de Alberta», en concreto, la Oil Sands Leadership Initiative (OSLI), una organización sectorial formada por ConocoPhillips, Nexen, Shell, Statoil, Suncor Energy y Total. Knight presumía de tener «acceso privado a las reuniones» de sus clientes de la industria petrolera de Alberta, a quienes asesoraba sobre cómo calmar la preocupación creciente que despertaban los enormes costes ecológicos de un proceso de extracción que es entre tres y cuatro veces más intensivo en emisión de gases de efecto invernadero que el del crudo convencional.

¿Qué les sugería a ese respecto? Que adoptaran un modo diferente de «relatar» su actividad: que se dedicaran a recalcar cómo su «asombrosa» tecnología podía usarse no solo para extraer petróleo sucio, sino también para solucionar los problemas medioambientales del mañana. Y, según confesión del propio Knight, la elección de Calgary como escenario de la siguiente fase del Earth Challenge de Branson «no fue casualidad»; de hecho, aquel parecía ser el modo idóneo (para Knight) de atender simultáneamente a los intereses de varios de sus principales clientes: tanto los de los gigantes de las arenas bituminosas como los de Richard Branson. En una entrevista, Knight explicó que «juntamos a un montón de ingenieros muy buenos y a un montón de compañías que cuentan con muy buena financiación y que deberían fijarse en esa tecnología».

Pero ¿cuál era exactamente el aspecto de aquella tecnología en el que tenían que fijarse? Pues no solo en su capacidad para succionar el carbono que esas mismas empresas estaban arrojando al aire, sino también, en su capacidad paralela para añadir más carbono por otro lado. Porque en Calgary, el Virgin Earth Challenge fue sometido a un proceso de «reingeniería», por emplear el término usado por Knight. Si hasta entonces el objetivo había consistido en hallar una tecnología capaz de retirar grandes cantidades de carbono y almacenarlas mediante un método seguro, Knight pasó a partir de ese momento a referirse al premio llamándolo «una iniciativa para desarrollar tecnología que recicle CO2 directamente del aire para convertirlo en productos que tengan viabilidad comercial».

Tenía cierta lógica: hace ya tiempo que es técnicamente posible eliminar carbono de la atmósfera. Los problemas siempre han surgido en el momento de dar con un método de eliminación que no resulte prohibitivamente costoso, y también en lo relacionado con el almacenaje y la escala. En una economía de mercado, eso significa encontrar clientes interesados en comprar una cantidad enorme de carbono capturado. Y ahí fue donde la decisión de dejar caer los once proyectos más prometedores en Calgary comenzó a cobrar forma. Desde mediados de la década de 2000, la industria petrolera viene recurriendo cada vez más a la utilización de un método conocido como «recuperación mejorada del petróleo» (EOR), que consiste en un conjunto de técnicas que básicamente utilizan inyecciones de gas o de vapor a alta presión para exprimir más petróleo de los yacimientos ya existentes. Lo más habitual es que se inyecte CO2 en los pozos y las investigaciones muestran que ese uso del dióxido de carbono podría hacer que las reservas petrolíferas de Estados Unidos se duplicasen o, incluso (con tecnologías de la llamada «próxima generación»), se cuadruplicasen. Pero hay un problema (otro además del ya consabido calentamiento planetario adicional que se generaría a partir de la explotación de esas reservas): según Tracy Evans, antigua presidenta de la compañía texana de petróleo y gas Denbury Resources, «actualmente, el factor que más nos disuade de ampliar la producción de crudo mediante la EOR es la falta de grandes volúmenes de CO2 fiable y asequible».50
Teniendo esto en cuenta, varios de los finalistas del grupo de once mencionado por Branson se han presentado a sí mismos como las start‐ups mejor posicionadas para suministrar a la industria del petróleo el flujo constante de dióxido de carbono que esta precisa para que no deje de manar el crudo del que se lucra. Ned David, presidente de Kilimanjaro Energy, uno de los finalistas de Branson, afirmó que máquinas como la suya tienen el potencial de desbloquear la extracción de enormes volúmenes de petróleo considerado hasta ahora como imposible de explotar (algo similar a lo que la fracturación hidráulica hizo con el gas natural). Según él, podría representar incluso «una mina de dinero». «El premio de conseguir capturar de forma económica el CO2 del aire se aproxima a los 100.000 millones de barriles de petróleo estadounidense. Eso equivale a unos 10 billones de dólares de crudo», declaró a la revista Fortune.

David Keith, que se dedica a la realización de estudios de geoingeniería desde hace 25 años y es el inventor de otra de las máquinas «atrapa‐carbono» incluidas en la lista de Branson, se mostró ligeramente más circunspecto. Él explicó únicamente que, succionando carbono del aire y usándolo para extraer petróleo, «se produce combustible de hidrocarburo con un ciclo de vida de las emisiones carbónicas muy bajo». Aunque puede que no tan bajo, pues, según un estudio del Laboratorio Nacional de Tecnologías Energéticas del Departamento de Energía de los Estados Unidos, se calcula que las técnicas EOR son casi el triple de intensivas en gases de efecto invernadero que las de extracción convencional. Y no olvidemos que el petróleo así obtenido terminará consumiéndose también, con lo que contribuirá por su parte al cambio climático. Aunque se necesitan más estudios para valorar la huella de carbono total de la EOR, ya existe un impactante estudio en el que se emplearon modelos que examinaron las consecuencias potenciales de una propuesta similar para aprovechar, no el CO2 captado del aire, sino el obtenido directamente de las centrales térmicas de carbón. Según sus resultados, el beneficio en términos de reducción de emisiones de la captura del CO2 se vería más que contrarrestado por todo ese petróleo adicional así extraído, con lo cual, en el conjunto del sistema, el proceso podría terminar liberando por un lado en torno al cuádruple de dióxido de carbono del que ahorraría por el otro.

Además, gran parte de ese petróleo es crudo que actualmente se considera irrecuperable, es decir, que ni siquiera se contabiliza como parte de las reservas probadas presentes, que, como ya sabemos, representan una cantidad cinco veces superior a la que podríamos consumir sin rebasar unos niveles mínimamente seguros.

Cualquier tecnología que sirva para cuadruplicar las reservas probadas, ni que sean solamente las estadounidenses, constituye una amenaza para el clima, no una solución. Como bien comenta David Hawkins, del NRDC, la captura atmosférica ha «mudado muy rápidamente de una tecnología cuya finalidad es eliminar CO2 en otra cuyo propósito es producir CO2».53 Y Richard Branson ha pasado de prometer que nos ayudaría a desengancharnos de nuestra dependen‐cia del petróleo a abogar por tecnologías destinadas a extraerlo y consumirlo en un volumen mucho mayor. Menudo premio.

Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima.
Olvídense de todo lo que saben sobre el calentamiento global. La verdad, aunque sea realmente incómoda, es que la culpa no la tiene el dióxido de carbono, la culpa es del capitalismo. Pero hay otra verdad, mucho más constructiva y fácil de asumir: podemos aprovechar nuestra crisis existencial para transformar nuestro fallido sistema económico y construir algo radicalmente mejor. En su más provocador libro hasta la fecha, Naomi Klein, autora de dos grandes best sellers a nivel mundial como La doctrina del shock y No logo, aborda la amenaza más profunda a la que la humanidad se ha enfrentado jamás: la guerra que nuestro propio sistema económico está librando contra la vida en la tierra. Klein pone así al descubierto los mitos que enturbian el debate sobre el clima. El cambio climático, sostiene Klein, es una alarma que debe despertar a la civilización: un mensaje poderoso que nos llega en forma de incendios, inundaciones, temporales y sequías. Para afrontarlo ya no basta con sustituir las bombillas. Se trata de cambiar el mundo ?antes de que el mundo cambie tan drásticamente y que se transforme en un sitio inseguro para todos-. O saltamos del barco o nos hundimos con él.
Publicada por: Paidós
Edición: primera
ISBN: 9788449331022