Albertina, la piedra basal

Alberto Fernández enumeró, a lo largo de su primera apertura de las sesiones legislativas como Presidente, los objetivos por los que deberá ser evaluada su gestión dentro de cuatro años. Fueron promesas fundacionales, que después de 80 días de gobierno empiezan a mostrar en el Presidente un estilo propio que se insinuó durante la campaña electoral.

A primera vista, esa impronta parece conjugar la fuerza de cambio que caracteriza a los gobiernos peronistas con el reclamo social y democrático de diálogo y consenso que Mauricio Macri quiso pero no pudo encarnar. Tal vez no exista una propuesta de gobierno más ambiciosa que esa: redistribuir, ampliar derechos, tocar privilegios y que nadie se enoje demasiado.


El camino que para el Presidente llevará a ese puerto es la solidaridad. «Hemos elegido a la solidaridad como viga maestra de la reconstrucción», dijo ante la Asamblea Legislativa. Resta ahora saber -aunque en gran parte ya lo sabemos- si los que deben practicar esa solidaridad están de acuerdo con la propuesta. Fernández los definió de manera taxativa. «Deben hacer el esfuerzo los que producen y los que exportan», convocó. En el nivel de resistencia que encuentre en esos sectores y en cuánto del poder del Estado use para conseguir de ellos lo que quiere se terminará de definir el perfil de su Presidencia.