Amar en tiempos revueltos

En 1997, la escritora Vivian Gornick publicó un texto que –a menos que me equivoque sobre su repercusión en el mundo angloparlante– hizo muchas menos olas de las que merecía. Hablo de un ensayo que Gornick tituló “The End of the Novel of Love” (“El fin de la novela de amor”) y que incluyó en un libro con ese mismo título. Quizás el problema fue el libro: hay mucha más gente interesada en el amor que en la literatura, y los demás textos del libro hablaban casi exclusivamente de literatura. Lo que quizás no pescaron demasiados lectores –o los publicistas de Gornick, más bien– es que hablar del amor es siempre, en gran medida, estar hablando de ficción. Cuando pienso en el amor, en esa palabra tan densa y rimbombante, no pienso solamente en las parejas que tuve, o en las parejas que conozco: de hecho, ni siquiera empiezo pensando en eso. Lo primero que me viene a la mente son besos de telenovela, Lo que el viento se llevó, Cumbres borrascosas, y recién después esa versión siempre más prosaica, gastada por la cotidianidad y las contradicciones, de la vida real; y no creo ser la única. El amor es, ante todo, una promesa, y de eso hablaba Vivian Gornick en “The End of the Novel of Love”. Una gran parte de la mejor literatura de los siglos XIX y XX –Anna Karenina, Madame Bovary, los cuentos de Carver, los de Hemingway– se basaba en una metáfora: la de encontrar el amor como encontrar el sentido de la vida. El amor no murió, no en el sentido en el que algunos lamentan: nos seguimos enamorando, y perfectamente podemos volvernos locos por una persona a niveles que jamás habíamos experimentado, en cualquier momento y a cualquier edad. Lo que murió es la metáfora; y no solamente porque, como cita Gornick en relación a la suerte de Anna Karenina, ya no hay ningún “mundo respetable” del que puedan echarte por adúltera. Murió porque, gracias a esas mismas libertades que hoy volverían a Anna Karenina una divorciada como cualquier otra en lugar de una mártir, ya nos enamoramos muchas veces, y el sentido de la vida no lo encontramos nunca. En los tardíos 90, escribe Gornick, una se sienta a comer en un matrimonio, él dice algo medio terrible sobre su relación, y en lugar de ser el momento climático que sería en un cuento de Carver, es apenas un tropiezo en la conversación. Y la magia de Gornick, eso que hace que su texto sea distinto de todos los textos sobre “la muerte del amor”, es que no escribe con melancolía: casi se diría que escribe con esperanza. “Hace solo cuarenta años casi todos vivíamos en un mundo notablemente carente de experiencias directas”, dice Gornick describiendo el cambio: no dejamos de creer que el amor es la única clave de la existencia porque sea imposible, porque nunca hayamos podido experimentarlo. Justamente lo contrario: dejamos de creer en la metáfora del amor porque conocemos el amor de verdad.