Caído del cielo

Será un lugar común decir que antes que la vacuna contra el Coronavirus encontramos la vacuna política: «la vuelta del Estado». ¿Tan así? No es que el Estado se haya ido. De hecho, podemos pensar también, que eso que sufre Europa y que para muchos es el fruto del desguace parcial de su sistema público (caso Italia), ocurre en la casa de quienes lo inventaron. Los argentinos no inventamos el Estado. Pero igual… inventamos este Estado argentino. Esa vieja casa que administra los dramas en sus capas: que tiene a un Alberto, un Axel, un Larreta. Un Estado que no es una sola cosa.

Muchos de los que reivindican el triunfo de la idea de Estado-Nación, pertenecen (pertenecemos) a la quinta de quienes organizamos nuestra vida en torno a él. Y eso nos obliga a no confundir derechos con privilegios, sobre todo para no hacer el juego a aquellos que imaginan la caricatura insólita de que la Argentina promedio es un perezoso que quiere vivir del empleo público. El Estado es mucho que más que un «patrón». Organiza la comunidad. Este Estado que no es solo el benefactor del funcionario, empleado o beneficiario que cobra de él, sino quien asegura la vuelta de miles de compatriotas de sus viajes por el mundo. Es la «reunión de padres» de todos los ciudadanos. El teléfono por si te perdés en una playa del Pacífico o en el Himalaya. Aún en un Hércules, como sea, pero el Estado al final te va a buscar. Argentinos somos todos. Incluso la sastrería del ejército interrumpiendo su producción para ponerse a hacer barbijos.