Fernández y la reconciliación imposible

No sólo el virus divide a la Argentina en dos países. Ensimismada, infectada y saturada, el Área Metropolitana de Buenos Aires sigue sin comprender la enorme porción de realidad que queda fuera de su radio. No era lo que se proyectaba. Después de reconstruir mil vínculos personales, Alberto Fernández soñó en campaña con una nueva era que le permitiera una meta bastante más ambiciosa: reconciliar al peronismo con la zona núcleo. El Presidente creyó que su alianza con Omar Perotti podía ser un canal para llegar a Santa Fe y que su difícil acercamiento con Juan Schiaretti le abriría los caminos de la Córdoba más hostil para ampliar las fronteras del último cristinismo. Un año después, cercado por la doble trampa de la peste y la deuda, Fernández está comenzando otra vez a chocar con la República Unida de la Soja.

La intervención en Vicentin pero sobre todo el proyecto de expropiación le dio una oportunidad impensada al frente social-empresario que, pese a la derrota electoral y al incendio de Mauricio Macri en la gestión, se mantiene con una fortaleza envidiable. El default de la cerealera que hizo el milagro de avanzar hacia la quiebra en un país agroexportador y el tendal de heridos que dejó en el camino no impidieron que la sensibilidad antikirchnerista se activara en tiempo récord por arriba y por abajo. La posibilidad de que el Estado acceda a una fuente directa de divisas, evite una mayor extranjerización en el mercado de granos y resguarde los activos que ya puso en la empresa deberá doblegar los tambores de guerra de los sojeros que se suben rápido a la caravana de la 125. Recién después, tendrá que encontrar la forma de levantar el muerto de U$S 1000 millones que dejan los Vicentin con el resto de sus acreedores, incluida la banca trasnacional.