Los fanáticos del pop coreano recurren al activismo político

Desde hace tiempo, en algunos rincones de internet, las destrezas de organización de los amantes del K-pop —los entusiastas de la música pop coreana, típicamente jóvenes diversos de todo el mundo, que se congregan a diario en las redes sociales— se han considerado legendarias: por medio de acciones grupales coordinadas, los ejércitos de seguidores de bandas como BTS y Blackpink se aseguran de que sus ídolos favoritos sean tendencia, encabecen las listas de éxitos musicales y de que se agoten las entradas para sus conciertos en estadios desde Corea del Sur hasta el Rose Bowl de Los Ángeles y el Citi Field de Nueva York.

Ahora, en medio de una pandemia, una próxima elección presidencial y conversaciones ineludibles sobre cuestiones raciales, este colectivo disperso de guerreros digitales está tratando de ejercer su influencia en un nuevo ámbito: la arena política estadounidense.