Los periodistas y la epidemia del coronavirus

Hace 151 años Buenos Aires fue asolada por la fiebre amarilla . Esa tragedia cambió la faz de la ciudad: desplazó su eje del sur al norte, impulsó una forzosa migración interna que expandió el crecimiento de nuevos barrios como Recoleta, Belgrano o Flores, y planchó otros como San Telmo o La Boca. En la reacción política y social frente a esa epidemia los periodistas tuvieron un rol central. Inédito antes y después. El presidente era Sarmiento, pero su rol fue menor. Como ocurre en las situaciones extremas, son los líderes de las ciudades los que ejercen la representación. Y no los líderes formales, sino los reales. Son momentos en los que la representación política de la gente pierde toda abstracción. Mandan los que demuestran capacidad de resolver y, solo mientras lo sigan demostrando. Los mandatos son fugaces, cambiantes, imprevistos.

La discusión sobre la causa del brote fue interminable. Se acusaba al Riachuelo, a que se tomaba el agua contaminada de los pozos de la primera napa, a los excrementos que habían utilizado para asegurar el empedrado en las calles, a los italianos que llegaban de los barcos, a los veteranos que regresaban de la guerra del Paraguay. Y cada acusación generaba conflicto y violencia. Los inmigrantes recién llegados eran estigmatizados y se los culpaba de la epidemia asegurando que eran ignorantes y supersticiosos y que por eso no tomaban medidas preventivas ni se dejaban atender por los médicos. Las autoridades en un primer momento subestimaron los brotes y permitieron que se realizara el gigantesco Carnaval que todos los años llenaba las calles de gente, paralizando la ciudad. Y eso potenció la epidemia .