Seis claves para entender el peor estallido racial de Estados Unidos en 50 años

En la monumental sede de los Archivos Nacionales en Washington D.C. se pueden visitar algunas de las más trascendentales reliquias de la historia de Estados Unidos. Entre esa colección de documentos fundacionales del sueño americano destaca la Declaración de Independencia, encargada teóricamente a un comité parlamentario pero redactada en su mayor parte por el tan genial como contradictorio Thomas Jefferson de Virginia, quien más tarde se convertiría en el tercer presidente de la joven república americana.

El texto, ratificado por el Segundo Congreso Continental el 4 de julio de 1776, sirve para múltiples propósitos: memorial de agravios contra el colonialismo inglés, alegato contra la tiranía y proclama revolucionaria. No es la Constitución de 1787. Se trata más bien de una declaración de principios democráticos pero sin resultados garantizados: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.