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sábado 28 de noviembre de 2020
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A propósito de Woody

Los años pasaron pero, si me apurás, todavía me veo a la salida del cine, llorosa y desconsolada. Tengo 16 años, estoy en Miramar y mis amigos ya están enfilando hacia los flippers como cada noche y yo los sigo, algo atolondrada y sensible por la película que acabamos de ver. No tengo idea de qué será de mi vida en el tiempo que viene pero esa noche decido con total convicción que quiero convertirme en Diane Keaton aunque sé que me faltan varios centímetros y no tengo ni el color de sus ojos ni su risa, que desde entonces es para mí la más hermosa del mundo. Quiero su elegancia en la torpeza, su calidez; la seguridad abrumadora con la que marca estilo. Quiero ser Diane Keaton porque quiero ser Annie Hall. Un tiempo después confirmaré mi triste falta de originalidad y que todas las chicas que quisimos ser Mafalda quisimos luego ser Annie Hall.

Pasé el último fin de semana literalmente abducida por un libro de memorias que se llama A propósito de nada. Hacía mucho tiempo que no me concentraba tanto, hacía mucho también que no me reía tanto y, por momentos, a carcajadas. Su autor es Woody Allen, un nombre que durante décadas fue sinónimo de inteligencia, humor y calidad y que en los últimos años se pronuncia con culpa o directamente no se pronuncia (existe también la variante de pronunciación envenenada de ese nombre, habitualmente en compañía de adjetivos desagradables, aunque intuyo que esa forma es propia de generaciones más jóvenes, sin el puente afectivo de los mayores).

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