lunes 15 de octubre

Aborto: adentro del movimiento de mujeres que llevó el debate al Congreso

La madrugada en que el test de embarazo le dio positivo, Cecilia estaba sola en su casa y se puso a llorar. No lo esperaba: creía que se había cuidado bien y que el atraso que la preocupaba desde hacía unos días era nervioso. “Me hago el test y al otro día me viene”, pensó. Llamó a dos amigas y les contó lo que estaba pasando. Al día siguiente, con la cara desfigurada después de una noche de llanto e insomnio, fue a sacarse sangre a un laboratorio de Castelar. La mujer que la atendió notó su estado y le dijo que no debía pensar en la posibilidad de un aborto, que se iba a arrepentir, que eso era matar a un bebé y que si tomaba la decisión equivocada lo iba a pagar el resto de su vida. El análisis dio positivo y ella no podía contárselo a nadie: trabajaba en negro y sabía que podían echarla por el embarazo. El pibe con el que recién se estaba conociendo y al que había visto unas pocas veces le dijo que no estaba para ser papá, que él era un “hijo del viento”.

Fue a ver a un médico de confianza. Le contó su “situación”.


El doctor le dijo que había maneras seguras de interrumpir el embarazo si ella quería. La contactó con una ginecóloga para que confirmara que no se trataba de un embarazo ectópico. Ese día, en la camilla, se sintió violentada por segunda vez: le dijo a la médica que no sabía si quería continuar con el embarazo, que quería conocer las opciones antes de tomar una decisión. La profesional le pidió que se recostara para la ecografía. “Por favor, con cuidado”, le rogó Cecilia. No alcanzó: untó el gel helado en la parte baja de su abdomen y, sin tener el cuenta el pedido de Cecilia, dejó el sonido del ecógrafo encendido. En el consultorio retumbaron los latidos del feto y Cecilia se puso a llorar de nuevo. Estaba de diez semanas y tenía 32 años.

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