sábado 18 de agosto

Abusos y trata en el fútbol: el origen de la tristeza

En el centro de la historia hay un licenciado en psicología, un hombre recibido en la Universidad de Buenos Aires que detectó cómo unos chicos cambiaban sus hábitos de consumo, la ropa que vestían, las salidas, el dinero que llevaban. Eran futbolistas juveniles, adolescentes que habían llegado del interior del país para jugar en las inferiores del club Independiente, la mayoría proveniente de hogares pobres, a miles de kilómetros de sus familias. Ariel Ruíz, licenciado en psicología, observó esos comportamientos tan extraños a los que habitualmente veía. Y comenzó a indagar. En esa decisión, en ese momento preciso, comenzó a quebrarse el código de silencio del fútbol argentino, cuando uno de los jóvenes, de 14 años, le contó entre sollozos cómo lo obligaban a prostituirse, cómo les pasaba lo mismo a otros compañeros, cómo quien lo hacía era Joaquín V., un jugador mayor que ellos, pero no tanto, un joven de 19 años que vivía, también como ellos, lejos de su familia, en las habitaciones de Villa Domínico.

Está la valentía de la víctima, la de atravesar el horror ante el psicólogo, y está Ariel Ruiz, el psicólogo, con la información en su libreta, que decide contarle lo que sabe a los encargados del establecimiento, el coordinador de las divisiones inferiores, Fernando Berón, y el director de la pensión, Fernando Langenaur. La cadena para destapar una red de trata de menores en el fútbol argentino -que incluye no sólo a chicos que juegan en Independiente, sino que puede extenderse también a otros equipos de la zona sur del Gran Buenos Aires- queda activada. El club hace la denuncia. Es el otro paso para derribar el muro del silencio. Más allá de que los chicos se animaran a hablar, más allá de cómo avanzó Independiente, en el origen de todo está el psicólogo Ariel Ruíz, el héroe silencioso.


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