Adiós muchachos

No sorprende el modo en que el gobierno se va. En algún sentido se podría decir que «nació de la sociedad y vuelve a ella». «Esto recién empieza», gritan frente a cada plaza llena, porque ahí en su parte de la sociedad anida su repliegue más allá de los debates sobre futuros liderazgos. No sorprende que se vaya con Macri en andas porque Macri le pone nombre a ese fracaso y es un fracaso paradójico porque «confirma» sus ideas. Macri le da contención a esa sociedad. Quizás una figura como Vidal o Lousteau se implicarían al deber de proyectarse y asumir más de frente el fracaso de su «programa» y el requerimiento explícito de reelaborar la oferta. En cambio Macri compacta todo y se lo lleva a su casa, atado con el cordón de prejuicios con los que sostuvo las hipótesis más duras de su gobierno: «no fracasamos, la Argentina es el fracaso».

Su mente es la de un exitista, y encuentra la fórmula de salida parafraseando a los Redondos: quiere irse como un vencido vencedor. Ganó su interna, perdió las generales. Deja pilas de problemas en un país siempre con manta corta: entre la agroindustria y las fábricas de calzado de González Catán, entre ese taxista que recita el preámbulo de su Constitución (gane quien gane me levanto al otro día y laburo) y la mamá con una tarjeta de ANSES agarrada con uñas y dientes. Esas distancias que a veces parecen abismales son el campo de gravedad en el que flota el precio del dólar. Nuestra mercancía más deseada. Nuestra lotería nacional. ¿A cuánto necesitamos que esté el dólar? En un documental sobre la gira de Charly García en NYC de fines de los años 80, se lo ve desde una cabina telefónica preguntar al Zorrito Von Quintero, un auténtico «salvado», ¿a cuánto está el dólar? Rock hasta que se ponga el sol… pero no boludo.