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lunes 14 de junio de 2021
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Alan Pauls entrevista a Cesar Aira

Sutil, moderno, en apariencia leve, César Aira es la gran influencia en la literatura argentina de las últimas décadas: al menos dos generaciones de escritores trabajan bajo su influjo, su obra despierta devoción en lectores y críticos que siguen su prolífica publicación. Sin embargo, Aira pareciera reírse y escapar de todo eso. Habla poco y no explica demasiado. Por eso, esta entrevista con Alan Pauls es de colección. Aira habla de su universo, su iniciación literaria en un pueblo de provincia, el tono infantiloide como cáscara perfecta, sus fetiches, su reivindicación impenitente del surrealismo, sus años como traductor de «best sellers», los finales «decepcionantes» de sus libros, su idea de escribir «bien» o «mal», su auténtica ambición, y la literatura como ese lugar en el que se encontró condenado a vivir y protegerse de todo lo malo que sucede en la vida.

Como muchas de las cosas que antes, para bien o para mal, solíamos hacer frente a frente, compartiendo un pedazo de presente y todos sus equívocos, esta entrevista terminó haciéndose online, con César Aira encerrado en su feudo de Flores, Buenos Aires, y yo en un apartamento subalquilado de Kreuzberg, Berlín. La hicimos por correo electrónico, la sucursal del mundo virtual que más ha quedado pegada a los usos y costumbres de la vida arcaica, en especial al delay, esa prorrogativa de la que el Kafka escritor de cartas supo sacar tanto jugo como el Kafka procrastinador profesional. Fueron cuatro idas y vueltas con, en el medio, tiempos muertos sensatos y amables, que Aira, entre otras cosas, supongo, aprovechó para cumplir años (setenta y dos) y yo para comprobar que un anónimo vendedor argentino vendía en Abebooks un ejemplar de Moreira, su primera novela (1975), por dos mil quinientos dólares. Se lo comenté en un aparte entre dos preguntas, pero no se dio por enterado. Preferí eso, ese silencio, a la respuesta con que dio por no viables de una vez por todas un par de preguntas con las que yo venía porfiando: «Definitivamente, por más que me estrujo el cerebro, no se me ocurre nada más».

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