Alberto Fernández: el armador de sueños ajenos que se convirtió en su propio jefe

Llueve. La reunión es en cinco minutos y Alberto Fernández está llegando tarde. Tiene fama de impuntual. Quien lo espera lo sabe. Pero esta vez tiene un problema extra: toda la zona del Congreso está vallada. Es diciembre de 2017, se discute la reforma jubilatoria y en la plaza todavía hay restos de una batalla campal.

Parado en la puerta del Instituto Patria, Juan Cabandié, promotor del encuentro, mira la hora. Fernández franquea la puerta y les sonríe a los hombres que conversan en el hall. Ellos lo miran, atónitos, como quien ve a una aparición. Alberto encara las escaleras. Arriba lo espera Cristina Kirchner.


Es el primer diálogo después de nueve años de una pelea que parecía definitiva. Casi una década en la que ninguno de los dos cuidó las formas. Él, que fue kirchnerista antes de que el kirchnerismo existiera, y que como jefe de Gabinete fue el general más fiel, desde el llano la acusaría de haberse radicalizado, de negar la pobreza, de haber encabezado una «deplorable intromisión en la Justicia», de tener una «enorme distorsión de la realidad». Ella le adjudicó la peor traición: lo acuso de haber sido, a escondidas, «vocero» del Grupo Clarín.