Alberto Fernández, preso entre la política exterior necesaria y la posible

El golpe de Estado en Bolivia termina de sumarle ruido a la política exterior que diseña Alberto Fernández para superar lo más rápidamente el peligro de default que deja el gobierno de Mauricio Macri. Sin el apoyo de Donald Trump, la negociación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) podría complicarse seriamente y, con eso, la que debe encararse con los acreedores privados, por lo que es necesario encontrar una vía que, si bien mantenga principios ineludibles, permita avanzar en puntos de acuerdo. El problema es que la realidad regional entrega cada día elementos nuevos que dificultan ese propósito.

El presidente electo no se priva de expresar sus posiciones incluso cuando pueden complicarle el futuro, algo que quedó patente en el modo en que reivindicó el carácter injusto del encarcelamiento de Luiz Inácio Lula da Silva, considerado un insulto por un Jair Bolsonaro que, a raíz de eso, dio rienda suelta a un discurso sorprendentemente agresivo. Además, tiene un factor interno que atender en su alianza, el Frente de Todos, en el que el kirchnerismo puro pesa y mucho. Así, a diferencia de lo hecho por el gobierno saliente, no sorprende que haya sido muy claro respecto del carácter golpista de la salida del poder de Evo Morales, una postura que en el mapa político regional con el que deberá convivir solo le permitirá congeniar con los gobiernos de México y de Uruguay, y esto último si el Frente Amplio logra revertir las previsiones negativas para el ballotage del domingo 24.