Algunas reflexiones sobre el peronismo del siglo XXI

Comienzo por una anécdota. Cuando Sergio Massa lanzó su desafío al liderazgo de Cristina Kirchner, en el lejano 2013, hubo quienes lo consideraron natural. “Es el peronismo”, nos dijeron. Siempre lo mismo, se recicla. La comparación con Cafiero o con Menem -alentada por el propio nombre del espacio, que fue conocido como Frente Renovador- estuvo a la orden del día, y se reforzó con la victoria arrasadora de Massa, que implicó en los hechos la división del peronismo bonaerense y abrió un ciclo en que el PJ perdió tres elecciones nacionales consecutivas: 2013, 2015, 2017.

Dos años más tarde, quienes se apuraron a prologar una nueva renovación del peronismo se quedaron sin libro. No sólo no hubo renovación más allá de la que ya se había dado entre 2007 y 2013, sino que Massa volvió al peronismo, abandonó a sus aliados y dejó abierto un amplio interrogante sobre la existencia de una “ancha avenida del medio.” Como es obvio, para alguien que acompañó ese itinerario, me caben las generales de la ley.


¿Qué pasó? ¿El aparato se mantuvo en su lugar, como dicen algunos? ¿La renovación vino por dentro, como dicen otros? Creo que parte del problema reside en la reiteración serial de una interesante cantidad de mitos sobre el peronismo, el voto peronista y cuestiones afines. Lo triste de esos mitos no es que existan, eso pasa siempre. Lo verdaderamente curioso es que sean compartidos por militantes propios, opinólogos, y periodistas opositores, y se reiteren sin más como parte del folklore de un país que aparentemente es incapaz de cambiar… y que sin embargo ha cambiado tanto, en cuarenta años, al menos. A veces el peronismo es descrito como un vasto aparato de políticos profesionales, otras veces los peronistas son vistos como gente pobre manipulada por el control político del Estado. Muchas veces oímos los nombres de Perón y Evita como si aún, a setenta años de los hechos fundacionales del primer peronismo y a más de 45 de la muerte del “gran conductor”, la gente votara al peronismo en la Argentina simplemente por la fuerza de la evocación simbólica de unos cuantos nombres propios, o como si ese votante fuese algo más que una minoría. Intensa, es cierto, pero una minoría absoluta.