viernes 19 de octubre

Almanaques, espías y un chándal: el universo secreto de los fact-checkers

Cuando Gabriel García Márquez descolgó el teléfono no esperaba discutir sobre la lluvia. «Ha cometido un error», le dijeron. En un artículo aún no publicado en The New Yorker mencionaba, de pasada, un chaparrón como telón de fondo de su historia. Un verificador de hechos de la revista había consultado un almanaque y comprobado que aquel día, en aquel sitio y durante aquella hora no había caído ni una sola gota. O una tontería del estilo. Algo que tampoco comprometía la esencia del escrito ni el toque del nobel de Literatura. Sin embargo, quienes vivieron el episodio recuerdan el mosqueo que se agarró. «Sugerir a Gabo que cambiase algo era como insultar a Dios». Lo que pasó a continuación tampoco está muy claro. La leyenda urbana sostiene que García Márquez decidió retirar la pieza antes de permitir que le alterasen una gota. Otros cuentan que acabó cediendo a la corrección climatológica, asegurándose, eso sí, de enviar saludos a las madres de todos los que trabajaban en el aquel departamento. Los fact-checkers.

Durante décadas eran casi figuras espectrales. Conocidos en el círculo periodístico, pero de los que el lector rara vez tenía noticia. El origen de la verificación de datos como práctica institucionalizada se remonta a 1913, cuando el diario New York World fundó el Bureau of Accuracy and Fair Play, un organismo dedicado a «corregir los descuidos y erradicar a los farsantes».


Hoy el término fact-checking se ha popularizado dando lugar a un nuevo género, centrado fundamentalmente en auditar las declaraciones políticas. Proliferan las webs dedicadas a ello, las secciones en programas televisivos e incluso verificaciones en vivo durante los debates electorales. Pero el fact-checking va más allá de concluir si Rajoy mentía o no sobre la cifra del paro. En su concepción original el objetivo es evitar la vergüenza y eliminar los errores antes de que una pieza se publique.

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