lunes 19 de noviembre

Argentina, un equipo en trauma al que solo le queda consumirse

En el centro de prensa de Nizhni Novgorod, donde una alta densidad demográfica de argentinos atraviesa la medianoche de Rusia, unos de los leds retransmite la derrota, la piña croata. Un voluntario mundialista intenta cambiar el canal desde el control remoto, a las apuradas. Nadie se lo reclamó, pero se parece a un gesto de piedad. El voluntario no puede cambiar, mueve el control, lo agita, manotea teclas de la televisión a ciegas, hace las piruetas que alguna vez hizo todo televidente hasta que se cansa. Se va. Su renuncia a la piedad es la nuestra, la de los jugadores, la del entrenador, la de la Selección argentina, un equipo en trauma al que todavía le falta consumirse. Lo que queda es una agonía y las agonías siempre guardan esperanza. Pero esto es distinto.

Nizhni Novgorod, una ciudad que durante más de medio siglo tuvo nombre de novelista ruso, le clavó a la Argentina un relato de angustia. La ciudad de Máximo Gorki fue el escenario de una obra esperada, casi spoileada por muchos en su final. Porque ahora parece fácil, pero el desastre a orillas del Volga se tramitó durante cuatro años hasta con esmero en el desmadre. Ecuador, la clasificación en Quito a Rusia 2018, sólo puso un telón provisorio. Sería el mismo efecto que se conseguiría si los resultados acompañaran a la selección hacia los octavos de final. Si Islandia y Nigeria le abrieran el paso. Si la Argentina ganara su tercer partido, solo se ocultaría la falla estructural que asola a la Asociación del Fútbol Argentino y a sus selecciones.


Es tan extraño todo que la Argentina sufre su eliminación en primera ronda antes de que suceda, antes de que sea irremediable. Es como un pararrayos ante la pesadilla. Porque se sabe lo que se viene. Para que eso no suceda, la Argentina tendría que convertirse en un equipo, en conformarse como un conjunto de subjetividades bajo un plan de trabajo. En lo que no es. Lo que en un año no armó Jorge Sampaoli. Todo puede pasar. El error de Wilfredo Caballero en el primer gol croata sacó la venda de la herida, desnudó al equipo, lo sumió todavía más en las inseguridades que sobrellevaba, su miedo a perder. Todo lo que podía pasar, pasó. La pesadilla que comenzó a asomarse con el empate ante Islandia se hizo más fresca, más vital, más terrible. Lionel Messi había empezado el partido desactivado, en el modo que más tememos, cuando relativiza todo lo que sucede en la cancha. Messi parecía en otro lado, en una dimensión diferente. Si siempre se le pide a los compañeros que lo acompañen, esta vez era Messi el que no acompañaba. Había más rebeldía en los nuevos como Marcos Acuña o en los recién regresados como Enzo Pérez, los que no tenían pasado o los que habían logrado resetearse. Pero eran arrestos desencadenados, no alcanzaba para desarmar a un rival mejor organizado. Croacia fue también lo que se esperaba, o algo más, no fue sólo el eje Modric-Rakitic.

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