viernes 14 de diciembre

Argentinadas: vuelta al Fondo, al plan B sin plan A

De tanto insistir con la necesidad de un Plan B, finalmente apareció el Plan B. Se importó del exterior, una matriz que el FMI distribuye desde hace décadas, ahora con una leyenda políticamente correcta que la señora Lagarde repite cada vez que auxilia a un socio: el nuevo plan corresponde al país firmante, a su autoría intelectual, no proviene del organismo. Obvio: le importa el resultado, se prescinde de las medidas para alcanzarlo. Casi la filosofía del chino Deng Xiao Ping: “No me importa si el gato es rojo o negro, lo que me importa es que capture ratones”. De ahí que, en el compromiso del FMI, se permitan excepciones como el destino de una reserva para emergencias sociales, caballito sobre el que jineteará Macri para no mostrarse insensible ante la población. Nada nuevo: hasta al Plan Austral de Raúl Alfonsín se le admitió un desvío en apariencia intolerable para la ideología del dador del préstamo: el control de precios.

Lo del Plan B es una traición a la ruta del abecedario: jamás hubo un Plan A. Y el nuevo acomodo a normas internacionales de la economía supone, además, una experiencia cercana al milagro si logra concluir con cierta decencia profesional: la apelación al FMI fue producto del susto cambiario, de la corrida o “turbulencia” –según la jerga oficial–, no de la reflexión concienzuda o del apartamiento minucioso de otras alternativas. Una argentinada más, de acuerdo con la traducción al inglés, disfrazada como si fuera el invento del dulce de leche o del colectivo, y que el Gobierno promueve como si hubiera ganado el Mundial de Fútbol.


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