jueves 13 de diciembre

Astronautas: De héroes mundiales a burócratas del espacio

Todos recuerdan la expresión políticamente correcta del primero, pero pocos siquiera conocen las palabras poéticas del segundo. Unos 20 minutos después de que Neil Armstrong pusiera un pie -el izquierdo- en la Luna y ante una audiencia de 600 millones de personas arrojase su inmortal frase (“Un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad”), Buzz Aldrin descendió por la escalinata del módulo lunar Eagle, escaneó con la mirada aquel paisaje inerte debajo de un firmamento oscuro y dijo: “Hermosa vista. Magnífica desolación”.

Entonces, antes de deambular en la penumbra grisácea, una preocupación asaltó su mente. Aldrin le advirtió a Armstrong que no cerrara la escotilla. “Un muy buen pensamiento”, respondió su compañero. No era broma: el modulo de descenso no contaba con una manilla externa y cerrar aquella puerta los hubiera dejado varados a 384.400 km de la Tierra, transformando la mayor hazaña de la humanidad inmediatamente en el más grande de los ridículos.


Aquellos dos hombres encerrados en las cápsulas blancas de sus trajes espaciales, y que en las pantallas parecían borrosos fantasmas eran los representantes de una fuerza laboral especializada completamente nueva, inexistente unas décadas atrás. Si el hombre ideal del siglo XVIII había sido Robinson Crusoe -es decir, el individuo que solo a través de su ingenio se enfrentaba a la naturaleza-, el personaje central -y también trágico- del siglo XX, en cambio, era el astronauta.

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