Balas de goma, gases y piedras: crónica de una tarde de violencia y peligro

Cuando las bolitas de goma (del tamaño de un aro perla, pero azules, opacas) salen disparadas de las armas de los policías o los gendarmes e impactan en la piel humana generan una especie de roncha, o pequeña mordedura o ampolla explotada. Algo así como un lunar sangrante. Provocan dolor y ardor y si dan en un ojo lo pueden arruinar para siempre. Este jueves, los impactos fueron miles. Muchas personas que se juntaron frente al Congreso para protestar y oponerse la reforma previsional volvieron a sus casas con esos agujeritos tatuados a carne viva. Tuvieron «suerte». Otros tantos, al menos 30, pasarán la noche en el calabozo tras ser detenidos y llevados a comisarías de la zona.

Mientras en el Congreso se definía la votación del proyecto impulsado por el Gobierno, en los alrededores empezaron a llegar personas, sueltas o agrupadas o representadas por un partido o una organización social. Pero se encontraron con el palacio legislativo protegido por una fortaleza armada por un millar de agentes de Gendarmería, Prefectura, Policía de Seguridad Aeroportuaria, Policía Federal y de la Ciudad: una demostración de fuerza intimidante y activa, detrás de un vallado azul de dos metros y algo de altura, con camiones hidrantes custodiando como cleptodontes. Sólo hacía falta un chispazo para que todo explotara.