Bastante ortodoxo: Fernández apura el ajuste que exige el mercado

    “Son todos lo mismo”, dicen Nicolás del Caño y el tío Jorge. La moda de los drones estimula esa opinión sobre los dirigentes políticos: desde el cénit se distinguen colores, pero nunca relieves. Un rasgo de la realidad parece darles la razón, esto es, que muchos gobiernos argentinos comienzan a caminar con promesas de gradualismo en el ajuste siempre pendiente, pero que terminan apurando el paso conforme el dogo del mercado les muerde las nalgas. Sería algo así como la serie de Netflix «Poco ortodoxa», pero al revés.

    De Alberto Fernández pueden decirse muchas cosas, pero no que no haya avisado. “No soy un dogmático. Van a ver en mí soluciones ortodoxas y heterodoxas”, hizo saber ya en el debate presidencial del 13 de octubre del año pasado. ¿Se va la primera?

    Sin embargo, el suelo está lleno de relieves. El tío Jorge ve el fenómeno –la secuencia de políticas de unos y otros–, pero no entiende la causa, cosa que, desde ya, no le ocurre a Del Caño. Las razones del viraje desde el capitalismo con rostro humano al capitalismo a secas no están dadas, como cree Jorge, por alguna congénita falencia moral de “los políticos”. De hecho, los hay quienes, como Cristina Kirchner, nunca dan el paso ortodoxo, así eso cueste regulaciones infinitas que terminan por detener la traslación de los planetas y hacer del capitalismo un sistema no menos injusto, pero a la vez incapaz de crear riqueza. Otro es el caso de quienes, como Mauricio Macri, se aferran de entrada al gradualismo más por la necesidad de afianzar un proyecto de poder que por falta de vocación. Por último, los que, como Fernández, entienden que, como no se cansa de repetir el entrañable Miguel Ángel Russo, hay “formas y momentos” y que la vida es un permanente ajuste. ¡Ups! Perdón… se acaba de spoilear la palabra clave de esta columna…