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lunes 26 de julio de 2021
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Beatriz Sarlo despide a Horacio González: «Fue mi interlocutor ideal, diferíamos en casi todo»

La última vez que nos sentamos a debatir fue hace cuatro o cinco años en la facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Horacio González y yo habíamos discutido tantas veces que nos entendíamos casi por señas. Aquella noche, después del debate, nos fuimos caminando juntos y nos despedimos con la promesa de seguir intercambiando nuestras diferencias, que se desplegaban sobre un campo que ninguno de los dos abandonó. Éramos criollistas.

A Horacio le gustaba tanto el diálogo como la contradicción, pero todas las diferencias transcurrían en un tono a la vez apacible y levemente irónico. Fue mi interlocutor ideal. Nos interesaban los mismos temas y los dos trabajamos en ese campo amplio y difuso de la historia cultural, literaria y política del Rio de la Plata.

En su cuento Los teólogos, Borges concluye los interminables desacuerdos que sus dos personajes habían mantenido, con una certeza inquietante y a la vez tranquilizadora: cuando se encontraron después de la muerte en el paraíso, comprobaron que el ortodoxo y el hereje de aquellas discusiones terrenales eran uno y el mismo. Horacio y yo imitábamos a los teólogos de Borges sin esperar la llegada al paraíso.

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