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sábado 28 de noviembre de 2020
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Britney Spears: locura o rebelión

“Si Britney sobrevivió al 2007 vos podés sobrevivir a este día”, dicen miles y miles de tazas de café en monoambientes habitados por millennials a lo largo del mundo. En 1998, el año del lanzamiento de su single “Baby One More Time”, Britney Spears era el epítome del éxito absoluto, la tercera venida del Mesías de la perfección decolorada después de Marilyn Monroe y Madonna. Con su frescura de buena chica sureña virgen y republicana, una sensualidad controlada al milímetro, la disciplina férrea de una mujer que tiene los ojos en la línea de llegada y un carisma que no se compra, Britney parecía destinada a un largo imperio. (Quizás pocos recuerden esos 15 segundos de Britney apoyando a Bush en Fahrenheit 9/11 que, viéndolos hoy, con el recorte sarcástico de Michael Moore, son ejemplo del esnobismo anti white trash del que dejamos de reírnos en 2016.) Sin embargo, menos de diez años después (y sin haber cumplido, ni siquiera, a los cuarenta), la princesa del pop que nunca llegó a reina se convirtió en el nuevo símbolo del descontrol, y no en un sentido positivo, interesante o glamoroso; cuando se trata de una mujer, el descontrol rara vez se entiende así.

El 2007 fue el año emblemático de su caída. La crucificaron más que a cualquier padre ausente cuando la vieron manejando con su hijito en el regazo; se rapó la cabeza, salió a bailar con las chicas malas y encima de todo, engordó. Así, gorda y pelada, la filmaron pegándole al auto de un paparazzo con un paraguas. Menos grave que lo de Justin Bieber, quizás, que se agarró a trompadas con uno, o lo de Jude Law, que le pegó a una fotógrafa saliendo de un boliche; ni siquiera parece haber sido tan grave para el dueño del auto, que venía siguiendo a Britney justamente esperando un momento como ese. Diez años después, subastó el paraguas; no sabemos cuánto logró sacar por él, pero dice que aspiraba a unos cien mil dólares.

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