viernes 16 de noviembre

Carlo Rovelli: “Ignorar la ciencia en las decisiones políticas y sociales lleva al desastre”

Carlo Rovelli no tiene tiempo. Desde que Stephen Hawking, al morir, dejara vacío el trono y el título del “científico más popular del mundo”, agentes de prensa, encargados de marketing y demás orfebres de la imagen pública no escatiman esfuerzos para hacer que este físico teórico italiano se convierta en el nuevo oráculo moderno, el develador de los misterios y secretos íntimos del universo. La respuesta automática que emerge cuando uno le manda un mail lo documenta: “Estoy de viaje y no suelo estar conectado. Solo puedo responder asuntos particularmente urgentes y mis respuestas pueden llevar tiempo. Disculpas”.

Pese a ser un pionero en la investigación de lo que se conoce como gravedad cuántica -un campo de la física que busca integrar la teoría general de la relatividad de Einstein con la mecánica cuántica-, este profesor en la Universidad de Aix-Marsella abandonó el anonimato en 2014 con el breve pero poético libro Siete breves lecciones de física. Desde entonces, el nombre de Rovelli emigró del microcosmos científico para colarse entre los de celebridades literarias y pisarles los talones a Dan Brown, Umberto Eco y Michel Houellebecq en los rankings de libros más vendidos. Sin anticiparlo ni creerlo, se convirtió en un best seller internacional, superando en ventas a Cincuenta sombras de Grey en Italia. Más que en su carisma o en su histrionismo frente a las cámaras, la raíz de su éxito radica en su estilo. A medio camino entre un poeta y un narrador de mitos, este investigador de 62 años -que intentó cambiar el mundo como estudiante a través de la política en los años 70 y ahora lo hace con una tiza y un pizarrón- desmaleza de tecnicismos su descripción de disciplinas que rozan lo esotérico y exhibe la biografía del cosmos como lo que es: una epopeya del conocimiento. No extraña así que, con justa razón, compare la teoría general de la relatividad con el Réquiem de Mozart, la Odisea de Homero y la Capilla Sixtina de Miguel Ángel.


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