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jueves 15 de abril de 2021
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Carrió, de la periferia al centro

«Lo observé mucho, era él», dijo Graciela González. Graciela es la mujer del matrimonio de jubilados que suben al auto en la ruta a un joven al que describen como Santiago Maldonado. Lo suben al auto un 22 de agosto. Ruta 40, de Esquel a Tecka. Graciela González y Eduardo Muñoz. Parece una escena de David Lynch. Un joven mal vestido, desabrigado, viaja unos kilómetros con ellos y se ríe en su extravío. ¿Es Santiago? De los muchos «desvíos» que tuvo la búsqueda de Maldonado me quedo con este. ¿Existió esa pareja? ¿Existe ese joven? Fueron a la televisión. Lo denunciaron en una comisaría de Río Grande. ¿Existen? Ya no existen. Ahora viajan en la ruta de los zombis que lleva al gran cañón del olvido argentino. «Estaba parado en el medio de la banquina, haciendo señas. Nos preguntó si lo podíamos llevar. Lo vimos tan indefenso, con ropa muy liviana, sin campera, zapatillas rotas, sus guantes eran medias, con una marca en la frente.» Dijeron. «Estaba muy triste, muy ido, muy frío, y eso hay que recalcarlo, estaba como shockeado.» Muy triste, muy ido, muy frío.

A través de Maldonado la democracia vive una suerte de subconsciente sublevado, y como decía Le Carré: los servicios de inteligencia son el subconsciente de una Nación. Desean un muerto, dijo Elisa Carrió. De ella quiero hablar. «Gorda periférica», se hacía llamar. Carrió comprendía su destino: el de una mujer sin poder, una mesiánica del no poder que podía arrastrar las cadenas de su republicanismo por todo el arco ideológico, de un extremo al otro, porque el poder le era ajeno, el poder político, su obsesión con el palacio. «El poder es el otro», pudo ser su rezo. Carrió podía abrazarse a los piqueteros en 2001 como a los sojeros en 2008. Su fraternidad se cumplía en la distancia que una y otra acción trazaba en torno a Balcarce 50. Pese a sus mutaciones, sus adulteraciones teóricas (su saqueo sobre Arendt), su República se contenía en un precepto: no hay condiciones morales para mi poder.

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