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miércoles 4 de agosto de 2021
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Carta de amor a las elecciones argentinas

En política concentrarse es fácil en lo que funciona mal y naturalizar lo que funciona bien. Como en el famoso cuento de Arthur Conan Doyle, “El mastín de los Baskerville”, en donde el dato era que el perro no había mordido, las elecciones nacionales no son noticia, porque funcionan de manera rutinaria. En el caso argentino, una de esas cosas en las que nunca pensamos y que pasan desapercibidas es el sistema electoral nacional. Me refiero al sistema que utilizamos para organizar las elecciones, votar, y contar los votos en las elecciones mediante las que se eligen presidente, vicepresidente, diputades y senadores nacionales. Estas pasan sin pena ni gloria.

En general, la naturalización del buen funcionamiento del sistema electoral permite que los argentinos seamos bastante ignorantes sobre cómo funciona éste. Un mes antes chequeamos en los padrones donde votamos, ese domingo vamos a nuestra mesa con el DNI en la mano, ponemos el voto en la urna, y chau picho. Esto hace que algunas cosas referidas a quien las organiza y cuáles son sus reglas no están claras: a modo de anécdota puedo contar que una vez fui parte de una reunión en donde los participantes se quejaron de que las elecciones nacionales, provinciales y municipales no coincidieran en el mismo domingo, como era hace treinta años. Mi aclaración de que la Argentina es una república federal, por lo que las elecciones provinciales (gobernadores, diputades y en algunos casos senadores provinciales) son organizadas de manera autónoma por las provincias y los comicios locales son generalmente organizados de manera también autónoma por los municipios, causó sorpresa. Yo también preferiría que fueran en un sólo domingo, pero no es algo que pueda forzar el estado nacional.

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