lunes 28 de noviembre de 2022
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Coldplay, o el amor a la música ligera

El amor a la música ligera se celebra con más música ligera. Chris Martin se disfrazó de Gustavo Cerati, pero cantó como si en rigor encarnara a mister Gray, el personaje de El inglés de los huesos. Benito Lynch escribió su novela en 1922. Hugo Christensen la llevó al cine 18 años más tarde. La sonorización permitía acentuar los rasgos de aquel paleontólogo británico que había llegado al país a estudiar fósiles y hablaba un castellano enrevesado. Esos deslices idiomáticos no le impiden llegar al corazón de una joven campesina. Claro que el amor queda en suspenso porque él debe retornar a su isla. Ernesto Bianco hizo más ostensible ese modo gringo de pronunciar las vocales en la versión televisiva de 1976. Martin la puso en escena en River Plate ante la aclamación de las multitudes que sentían en la repentina argentinización del inglés algo más que una condescendencia. “Okey, amigos y amigas, guapos y guapas, chicos y chicas, cabalierous y damas, vamos a cantar juntos, por todo el mundo, ahora, well, let´s go, yeah”. Martin tomó la guitarra, lanzó los acordes de la canción de Soda Stereo y se mantuvo en silencio, dejando por unos compases que el público cantara unos milisegundos detrás de la banda por la tardía respuesta de los parlantes. En ese micro desfasaje se juega algo.

Coldplay es paleontología musical en estado de máxima pureza. Ese anacronismo de los buenos modales y la pulcritud no limita su poder de convocatoria. Tocó 10 veces en River Plate ante un público extático, mientras, en la misma ciudad, podía escucharse, a la par, la sibilante canción del derrumbe que llega del Palacio, ese augurio de desdicha. Me viene a la memoria otra relación entre música y hundimiento. La orquesta del Titanic amenizaba las cubiertas superiores cuando tuvo lugar el desastre. El barco era tragado por el mar cuando el octeto decidió acompañar el naufragio con el himno “Nearer My God to Thee (Cerca de ti, Señor)”, basado en el pasaje del Génesis 28:11-19,1​ que cuenta la historia de la Escalera de Jacob que subía al cielo. Fiesta y crisis, goce y carencia, empalago y amargura, fisiologías de una sociedad fracturada. “No quiero ser un soldado/ Con un capitán/ De un barco que se hunde”, se dice en “Violet Hill”, una canción de 2008 que, por supuesto, fue tocada por Martin y los suyos en River Plate, como si buscaran estar a tono con las circunstancias que rodeaban al recital. Podrían haber probado también con “Crests of Waves” en la que al oyente al menos se le presenta una alternativa: “querés hundirte cuando sabés que podés nadar”.

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