lunes 28 de noviembre de 2022
Cursos de periodismo

Cómo el té y el azúcar se convirtieron en la gasolina de la Revolución Industrial

Es posible que hayamos asistido a una de las mayores revoluciones de la historia de la humanidad (la digital) junto a la invención del fuego, la rueda, la agricultura y la máquina de vapor. Esta última, considerada la responsable de la Revolución Industrial, cambió la Europa de finales del siglo XVIII y principios del XIX, extendiéndose desde su origen en Gran Bretaña al resto del mundo.

La máquina de vapor, no cabe duda alguna, fue un gran invento. Permitía convertir la combustión en un proceso mecánico, capaz de potenciar maquinaria: mover locomotoras (y, por tanto, trenes enteros), hacer funcionar telares ‘automatizados’, estampar chapa y un largo etcétera. Pero, al mismo tiempo que rugían las fábricas, la población general se empobrecía (todavía más). Por primera vez, en lugar de hacerlo en el campo, los grandes núcleos, las ciudades, se abarrotaban cada día más de un proletariado precario, en busca de trabajo (o con trabajos muy mal pagados) donde el concepto de ‘mano de obra’ adquiría su significado más deshumanizante.

Tanto es así que, según datos aportados por los investigadores Ben Weinreb y Christopher Hibbert, Londres pasó entre 1750 y 1851 de tener 650.000 habitantes a 2.363.000. Esta tendencia es similar en muchos otros puntos del Reino Unido (como Liverpool, por ejemplo, que pasó en los primeros 50 años del siglo XIX de 85.627 habitantes a 340.907; o Mánchester, que en el mismo periodo pasó de 70.409 habitantes a 303.382), lo que queda reflejado en la tendencia demográfica del país, que entre 1750 y 1850 triplicó su población, pasando de 5,8 millones de habitantes a algo más de 18 millones.

alimente.elconfidencial.com  (www.alimente.elconfidencial.com)