Cómo la oposición debería potenciar su oportunidad electoral

“Son las pasiones aquello por lo que los hombres cambian y difieren para juzgar”. No se trata de una frase del último consultor político de moda pero quizás el concepto nos ayude a pensar cómo se definirán las elecciones nacionales de este año con una sociedad en tensión por una situación económica crítica.

La idea es de Aristóteles, quien en su Retórica discute sobre la persuasión1. Allí señala tres elementos de este arte. Por un lado, el logos, que es el conocimiento, la información, los datos. Por otra parte, el ethos: se trata de los valores que expresa quien emite el discurso. Dicho de otro modo, la credibilidad de quien intenta persuadir. Y, por último, el pathos, que es el aspecto que busca convencer a través de la emoción.


Hace 2300 años, Aristóteles sabía que convencer no es igual a develar. Que persuadir no es lo mismo que enseñar. Que esta compleja operación destinada a que alguien modifique una posición no consiste en aportar los datos correctos a quien no los tiene, sino que requiere de algo más –o de algo diferente–. En contra de lo que el legado del iluminismo nos enseñaría, su convicción era que los hechos no hablan por sí solos. Y que es importante entender cómo se ven las cosas desde el punto de vista ajeno porque ¿de qué otra manera podríamos despertar un conjunto de emociones que nos ayuden en esta tarea?

En las últimas semanas, en el debate público, parece comenzar a moldearse una idea fuerza en algunos sectores que se oponen a Mauricio Macri. Y es una muy parecida a esta que recorríamos. No serán sólo los datos, los pésimos datos del desempeño de la economía durante el gobierno del PRO los que permitirán estar más cerca de derrotarlo en las urnas.