Cómo respaldar las reformas sin condonar la represión en Arabia Saudí

La fiscalía general de Arabia Saudí anunció el pasado fin de semana que ha concluido su investigación sobre las activistas de los derechos de la mujer detenidas el año pasado y que pronto serán enjuiciadas. Este asunto, al igual que el asesinato del periodista Jamal Khashoggi, pone a las élites liberales saudíes ante un dilema ético: Cómo respaldar las reformas sociales y económicas impulsadas por el príncipe Mohamed Bin Salmán, heredero del trono y hombre fuerte del reino, sin condonar la represión política que las acompaña.

“No son traidoras”, asegura con firmeza, aunque bajando la voz, una joven saudí que se declara feminista pero evita el activismo. “Si Loujain fuera una traidora, no habría regresado a Arabia Saudí, y lo mismo el resto”, añade. Se refiere a Loujain al Hathloul, una de las activistas detenidas el año pasado en un gesto que sorprendió aún más por producirse en vísperas de que la monarquía levantara la prohibición de conducir a las mujeres, algo por lo que ella y el resto de las detenidas habían luchado durante años.


La entrevistada se confiesa dividida entre el entusiasmo con los cambios que se están produciendo en su país (“Gracias a Dios, tenemos a MBS”, exclama refiriéndose al heredero por sus iniciales) y la estupefacción por la creciente represión (“No podemos hablar de política ni de religión, pero tenemos cerebro y vemos lo que está ocurriendo”). Resulta difícil sustraerse al nacionalismo exacerbado de la propaganda oficial que equipara la menor crítica con deslealtad a la patria.