Con el Nobel a los «randomistas» la grieta llegó al ámbito académico

Parece el nombre de una tribu de magos de Harry Potter o de una logia secreta. La categoría de «randomistas», sin embargo, es la corriente de moda entre los economistas en los últimos días: así se bautizó de manera coloquial a los experimentalistas cuyo trabajo fue reconocido con el último Premio Nobel de Economía. Tanto Esther Duflo como Abhijit Banerjee y Michael Kremer son pioneros e impulsores del uso de las «pruebas controladas aleatorias» que revolucionaron las políticas contra la pobreza en las últimas dos décadas. En inglés «azar» es «random», y de ahí viene el nombre popularizado.

Hacía mucho que un Nobel en Economía (en rigor, «Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel», dado que esta categoría no está en el legado original) no generaba un debate tan intenso, tanto en los elogios como en las críticas. A la lluvia de valoraciones positivas iniciales para una rama de la economía «que por fin logró avances comprobables y con evidencia» en la lucha contra la pobreza le siguió una tormenta igualmente intensa de comentarios negativos, por distintos motivos. El ascenso de los «randomistas» no pasó desapercibido y generó un debate con cruces inusuales para un ámbito académico.