Con la vuelta del peronismo retorna el conflicto «en el Estado»

Recuerdo una nota de la revista Gente de enero de 2002 sobre Fernando De la Rúa. En su quinta, ya eyectado del poder, la nota se hacía cargo de una curiosidad morbosa: ¿cómo es la vida después del poder? El país estallado. El radicalismo desalojado del gobierno. De la Rúa directo al basurero de la Historia. ¿Y el hombre? El tipo estaba ahí, con sus dos o tres llamados diarios, con la custodia oficial tomando mate en la garita, con la siesta en la reposera bajo un árbol donde canta un pajarito y el pajarito no sabe que canta para él. Solo, fané y descangallado, la vida después del poder. Pero como un vaso de agua y un homenaje en el Lalín no se le niegan a nadie, De la Rúa se mantuvo al hombro de varios correligionarios, amantes del desconsuelo. Fue el expresidente sin un derecho: el de intentar volver. Ningún otro expresidente se resignó. Alfonsín, Menem, Duhalde, con sus mil candidaturas. Néstor, con sus testimoniales perdidas por «puntitos». Cristina, con su candidatura ciudadana. Todos fueron al frente y miraron de frente el viento en contra: cuando la Historia parece cambiar de signo, ese momento en que sólo dependés de tu voluntad.