martes 11 de diciembre

Contra la antipolítica

El hecho es claro: si algún dios aburrido no lo impide, en unos días el país más poderoso de América Latina será gobernado por un militar retirado que celebra torturadores y desprecia mujeres, chupa cirios y revolea pistolas: Jair Bolsonaro, un compendio de pesadillas del pasado. Y lo será porque alrededor de 60 millones de personas lo habrán decidido en uso de sus derechos democráticos.

Un fantasma recorre el continente y no sabemos bien cuál es. En la mayoría de nuestros países los reclamos se parecen: que urge acabar con las formas más brutas del delito —asesinatos, narco, corrupción— y garantizar cierta base económica. Es la lucha contra la inseguridad, en todos sus sentidos: se trata de conseguir seguridades. Los más ricos, la seguridad de que van a seguir siéndolo: que conservarán lo suyo, que no los matarán. Los más pobres, de que van a seguir vivos: que tendrán algún trabajo, comida, sus remedios, techo.


Y cada vez importa menos cómo. Poco a poco la democracia, que fue, tras años de dictaduras, un fin en sí misma, se volvió un medio que no siempre sirve para obtener aquellos fines. Y muchos no lo lamentan porque ven a sus líderes —“los políticos”— como una casta autónoma con sus propios intereses y sus propios delitos, otra amenaza a la seguridad. El fenómeno es global: ahora gana quien consigue ocupar el espacio de la “antipolítica”. Quien consigue difundir la idea —generalmente falsa— de que no viene de la política ni quiere hacer política; que solo pretende hacer cumplir la ley, poner orden, acabar con delitos y desaguisados. En un mundo radicalmente insatisfecho, todo consiste en apropiarse de esa insatisfacción, presentarse como alternativa a un sistema que no funciona.

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