domingo 2 de octubre de 2022
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Contra la empatía: no, sentir el dolor de los demás no te hará mejor persona

«Empatía» es una palabra muy bonita. Viene genial para poner en el currículum como una de esas ‘soft skills’ de las que tanto hablan los popes tecnológicos y empresariales de nuestra era, tal vez para descartar que no eres ningún psicópata y tienes sentimientos. Un primer principio de convivencia mínimamente exigible. También viene muy bien para lavar una imagen personal demasiado superficial en redes sociales, sobre todo si eres uno de esos ‘influencers’ que una vez al año dejan sus bolsos de Prada y Gucci o cancelan la suscripción al gimnasio (no por mucho tiempo, no sea que desaparezca ese ‘six-pack’ tan logrado) para hacerse un ‘tour’ de solidaridad por los países en vías de desarrollo. O el millonario de turno que dona ‘no-se-cuántos-millones’ a alguna causa benéfica, pero luego tiene a la escala más baja de sus trabajadores cobrando por un sueldo nimio.

La empatía está muy de moda, es un hecho, pero hace falta algo más. Impera la sensación de que cada vez el mundo va a peor con una larga lista de catástrofes que aguardan (el cambio climático, posibles pandemias) y las que ya son una realidad (una guerra a unos pocos miles de kilómetros de nuestro hogar). Y aunque la palabra cada vez esté más usada y el concepto al que hace referencia sea un ‘cliché’ en todo libro de autoayuda, conviene reparar en que la primera vez que se usó en lengua inglesa («empath») fue en un libro de ciencia ficción del escritor escocés J. T. McIntosh (seudónimo de James Murdoch McGregor), que hablaba de una serie de seres llamados «los empáticos» que oprimían a un conjunto de trabajadores. La empatía por sí misma, no es buena. Y a continuación veremos por qué.

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