Contradicciones no resueltas de la economía de plataformas

Desbloqueo el celular, abro la aplicación, escribo la dirección de destino y aprieto un botón. La aplicación me notifica que en tres minutos me pasarán a buscar. En la pantalla veo el auto acercarse a mi ubicación hasta que se estaciona frente a mí. Subo. El teléfono del conductor ya sabe dónde voy; el conductor sigue las instrucciones de su teléfono. Llego a destino. Bajo. En mi celular veo una notificación de cuánto me costó el viaje y puedo elegir agregar una propina. El monto del viaje se debita de mi tarjeta de crédito, cuyos datos la aplicación conoce. Elijo cuántas estrellas ponerle al viaje que acabo de realizar y así termina una interacción comercial casi sin interacción humana.

En 2009, una empresa llamada Uber revolucionó el mercado del transporte privado de pasajeros al incorporar tecnología a la vieja costumbre de contratar un vehículo con conductor para trasladarse. Desde entonces se expandió de San Francisco, Estados Unidos, al mundo, y chocó en el camino con los marcos regulatorios existentes al tiempo que ignoró las normas laborales.


El caso de Uber no es único. Es una empresa más en la llamada “economía de plataformas”, un modelo de negocios basado en una plataforma digital que funciona como intermediaria entre individuos que ofertan y demandan bienes o servicios. Otra aplicación, AirBnB, permite que dueños de departamentos y viajeros intercambien alojamiento. Glovo conecta gente que quiere un producto con alguien que está dispuesto a llevárselo. La más poderosa de todas quizá sea Amazon, que provee una plataforma para comprar y vender casi cualquier cosa.