lunes 28 de noviembre de 2022
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¿Cuántos libros tenés en tu biblioteca? ¿Cuántos te llevás de vacaciones sin que te importe el sobrepeso de la valija? ¿Cuántos prestaste y no te devolvieron, te prestaron y te los quedaste, como corresponde entre gente lectora? Los dos mil libros de la pared más grande de tu casa, la obra completa de un novelista que querés llevar a la playa, entran en los 200 gramos que pesa un lector de e-books. Y todavía te queda espacio para incorporar más libros. No es infinita, pero es lo más parecido a la biblioteca borgeana de Babel que podemos aspirar.

Todo cambia y nuestra relación con los libros ya no es la misma desde que descubrimos el e-book. Es cierto que el libro digital no huele a papel, no permite escuchar el murmullo al pasar las páginas, ni tampoco se puede hacer firmar al autor cuando te lo cruzás en la feria del libro. Hay formatos horribles (como el PDF) y definitivamente para disfrutarlos hay que utilizar un lector ad hoc, no la computadora ni el celular. Salvo estas razones no encuentro nada en el e-book que sea inferior al libro de papel y sí muchas ventajas. Tantas como para afirmar que estamos ante una revolución, incluso más importante que la invención de la imprenta.

La creación de Gutenberg permitió que las obras literarias, científicas o filosóficas llegaran a un público masivo. En realidad, el gran público accedió a la lectura no gracias a la imprenta sino a la creación de bibliotecas públicas, porque durante cuatro siglos el libro siguió siendo para los más pudientes. Las ediciones populares primero y luego el libro de bolsillo consiguieron convertirlo en un objeto común en las casas de la clase trabajadora.

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