martes 7 de diciembre de 2021
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Cremación de mascotas: un ritual casi secreto, pero cada vez más habitual

El auto se interna en las calles angostas del cementerio municipal de Boulogne. Primero panteones, luego tumbas a ras del suelo, al final las oficinas. Hay un BMW negro, estacionado en la puerta. Dos señoras entran a la sala velatoria vidriada. El cajón lustroso de una madera clara, en el medio. En la administración del cementerio un señor paga por el servicio de cremación que contrató y acaba de presenciar. Tiene pantalón negro impecable, las pinzas bien marcadas, la camisa blanca. Dice a quien le entrega la factura que era lo que ella merecía. «Primero fue la madre», dice. «Seis años después me toca despedir a la hija». Se refiere a dos caniches toy. «Se merecían esto después de todo el cariño que nos dieron», sigue. En el lugar, en una repisa se exhiben urnas con vírgenes, con escudos de equipos de fútbol, algunas tienen un corazón y las patitas de un perro marcadas.

Al señor lo invitan a pasar a una pequeña sala con sillones donde hay café para servirse y esperar las cenizas con comodidad. Él decide aguardar afuera, aprovechar para caminar y despejarse un poco. Después de la cremación a todos les entregan una tarjeta con la «Oración de una mascota por su amo». Oh Señor de mi amo/haz que mi amo sea fiel a mis semejantes/como yo fui fiel a él/Que sea sincero como yo, no hipócrita/que pueda ser depositario de la confianza ajena/como yo fui depositario de su confianza. Son sólo los primeros versos.

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