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martes 29 de septiembre de 2020
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Cristina: un populismo de minoría

Si Evita fue la radio, Cristina es la televisión. La conoce, la mira, la putea, la niega, la obsesiona. La maneja. En su densidad ideológica se permite articular cada respuesta de un modo exhaustivo y dramático. Cristina tiene drama. A la vez, quizás perdió algunas intuiciones políticas clásicas: ¿por qué le negó a Novaresio que podían tener un mínimo de coincidencias? Imaginemos cuál sería ese piso: las políticas de derechos humanos, la AUH, el matrimonio igualitario. Lo previsible del mundo progresista que comparten, cómo que no. Esa negación y forzar al periodista «al otro lado» condensa la mayoría de los problemas de su construcción política: la idea de que no puede haber saldos en común. Esa polarización vocacional es un ejemplo de lo que reduce su fuerza a un tercio. Digámoslo rápido: en el uso de la grieta todo oficialismo corre con ventaja y toda oposición corre en ojotas. Las oposiciones exitosas deben ser necesariamente más universalistas, republicanas, abiertas, inclusivas. Los oficialismos, en cambio, eligen sus enemigos, los escenarios, los tiempos de la batalla.

Desde que se supo el resultado electoral, Cristina se definió en el «somos parte de una mayoría», es decir, como la parte de un todo, modificando el vocabulario kirchnerista que hasta hace unos meses veía en las opciones opositoras que no eran Unidad Ciudadana (UC) un para-oficialismo. Es común que en las escasas entrevistas que brinda Cristina suene racional, corrija lenguajes. Y eso sorprende a propios y ajenos. La respuesta sobre su cambio de tono podría ser llana: Cristina no le habla a Cristina. Le habla a la sociedad. El resto del kirchnerismo le habla a Cristina, explicación de por qué escasean los kirchneristas con votos. Como cuando rememora la sofisticación de un insulto («puta, yegua, montonera») y algunos militantes corren al taller de serigrafía a hacerse la remera.

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