Cristóbal López: final anticipado para una sucesión de errores de cálculo

Ya sobre el final, Cristóbal López exhibía una sola obsesión: no terminar en prisión. Por eso se desprendió de su tajada en Casino Club -o al menos eso dijo-, trató de abrir el concurso de acreedores de su imperio en su pago chico, Comodoro Rivadavia, y cedió in extremis el Grupo Indalo al financista Ignacio Rosner. Todo con tal de no sumarse al pelotón de kirchneristas con casco, chaleco antibalas y esposas. Fue su último error de cálculo.

Oriundo de la Patagonia, donde cimentó una pequeña fortuna que lo había posicionado como un empresario mediano, López jugó fuerte con otro patagónico intrépido y de ascenso fulgurante: Néstor Kirchner.


«Yo no soy el «palo blanco» de Kirchner», replicó López en más de una ocasión, aunque sólo una vez llegó más lejos. «Pero me beneficio de esa creencia», añadió, para luego explicarse. «Yo entro a una reunión y al tipo que tengo enfrente le digo: «¡Qué lindo traje! Dámelo». Y como el tipo no sabe si quien se lo pide soy yo o Kirchner, mínimo de esa reunión me voy con el cinturón».