Crónica del primer libro porno

Roma volvía a ser Roma, con las tabernas otra vez abiertas tras una larga prohibición, y el alcohol y la prostitución permitidos de nuevo. También los pasquines, poemas anónimos, volvían a colgarse en las estatuas parlantes. Sus noticias, inventadas o reales, sobre cardenales y obispos, alimentaban rumores en los mentideros. Y en este renovado clima de tolerancia, alguien pensó que podría publicar el primer libro porno ilustrado en las mismas narices del papa.

Vamos a follar, a follar deprisa, amor mío,
que todos para follar hemos nacido,
que si tú adoras la verga, yo amo el higo,
y sin esto el mundo al carajo hubiera ido.


La gestación de la obra tuvo mucho que ver con las prohibiciones del papa Adriano, un germano escasamente comprensivo con el Renacimiento. Apenas llegó a Roma a ocupar su sede quiso quemar todas las estatuas de la Antigüedad, que veía por primera vez, por su indecente desnudez. Mandó también que se rasparan los frescos pintados por Miguel Ángel en la Capillla Sixtina. De paso cerró las tabernas, expulsó a las putas y prohibió el vino. Y por último, pero no menos importante para la aparición del primer libro porno ilustrado, dictó una orden de arresto contra todos los escritores que se hubieran burlado de los cardenales y obispos de la Iglesia, y ordenó cancelar todos los encargos artísticos en curso.

Estas disposiciones dejaron en el paro al poeta Pietro Aretino, miembro de la Secretaría Vaticana, y al pintor Giulio Romano, encargado de terminar las obras de su fallecido maestro, Rafael de Urbino. Durante un año, y hasta la muerte de Adriano, conocieron las estreches económicas y el exilio.