viernes 16 de noviembre

Cuadernos y arrepentidos: tan verosímil y tan difícil de creer

La conmovedora fábula relata que la acción transcurrió en un país oprimido y tenaz: en enero de 2018, un periodista accedió a una caja con extraños documentos. Allí había ocho cuadernos, un anotador, unas cuantas facturas y varios videos. Los elementos pertenecían a Oscar Centeno, un ignoto chofer que trabajó para Roberto Baratta, el número dos del exministro de Planificación Federal, Julio De Vido, durante la administración kirchnerista. Un entrañable e inocente amigo de Centeno, Jorge Bacigalupo, fue quien entregó las pruebas que revelarían un inconmensurable entramado de corrupción, quizá el más importante de toda la historia argentina. Centeno registró obsesivamente los trayectos que realizó durante diez años junto a su jefe, a bordo de un Toyota Corolla: días, horarios, direcciones y montos figuraban en cada uno de los cuadernos y certificaban entregas de dinero negro por parte de las empresas dedicadas a la obra pública a funcionarios del área. El periodista optó por frizar la primicia a cambio de ceder todo el material a dos funcionarios judiciales ejemplares: el juez Claudio Bonadío y el fiscal Carlos Stornelli. Como corresponde a los hombres de bien, los dos integrantes del incuestionable Poder Judicial de la Nación analizaron las puntillosas anotaciones y comprobaron su veracidad en jornadas agotadoras de trabajo, hasta que decidieron que había llegado la hora de avanzar en el cumplimiento del deber. Una noche fría de principios de agosto, ordenaron 34 allanamientos, 12 detenciones y 18 citaciones a indagatoria a empresarios y funcionarios de la administración kirchnerista. El robo del siglo había encontrado el riguroso escarmiento de la Justicia con mayúscula.


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