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lunes 20 de septiembre de 2021
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Cuba, de la guerra fría a la guerra cultural

Las protestas del pasado 11 de julio en Cuba no fueron convocadas por artistas, ni lideradas por intelectuales, ni concebidas por un laboratorio de tendencias estéticas. Fueron manifestaciones populares que refrendaron una situación límite cruzada por la inmovilidad política, la ineficacia económica, la pandemia, la desigualdad creciente, la falta de libertades y el embargo de Estados Unidos.

Ese levantamiento, inédito en la historia del socialismo, tuvo además una magnitud cultural que vale la pena tener en cuenta. No es cuestión de sobrevalorarla, pero subestimarla sería, además de un error, un acto de injusticia. Porque si bien los artistas no lideraron las protestas, varios de ellos sí se incorporaron a ellas. No las echaron a rodar, pero sí las secundaron como ciudadanos de a pie. No las protagonizaron, pero no fueron pocos los que acabaron en la cárcel por sumarse a esa jornada. Si a esto añadimos que tampoco han faltado intelectuales alineados con el Gobierno, priorizando estos acontecimientos como otra maniobra del imperialismo, es evidente que esta revuelta ya cuenta con capítulo propio en la guerra cultural de la Cuba contemporánea.

El arte no se encargó de lanzar las manifestaciones, pero sí las anticipó. Basta un vistazo a este último año en el que ya habían tenido lugar eventos que rebasaban lo gremial para impactar, directamente, en la sociedad. Entre los más conocidos, los activados por el Instituto de Artivismo Hannah Arendt (INSTAR), el Movimiento San Isidro (MSI) o el 27N, surgido de la parada colectiva frente al Ministerio de Cultura a finales de noviembre de 2020.

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