lunes 23 de abril

“Customizar” el idioma: los anglicismos y el español

El Instituto Cervantes acaba de publicar un Diccionario de anglicismos del español estadounidense (DAEE) y su repertorio de palabras —unas 1250— incluye “áiscrin” para helado, “customizar” para personalizar, “mayor” para alcalde y “yonquería” para chatarrería.

Esta selección de palabras (otras igualmente hermosas son “bubi” para seno, “hevi” para duro o difícil y “laquear” para cerrar) le gustaría mucho al escritor que le da nombre al instituto, Miguel de Cervantes Saavedra. Contra el batallón de gente refinada que detesta este tipo de “barbarismos” —una palabra a veces usada como sinónimo de “anglicismo” y que sirve para desacreditar aquello que es a un tiempo indeseable y amenazante—, el autor del Quijote era partidario de hacer que el lenguaje fuera flexible e ilimitado. En su novela inventó un puñado de vocablos, por ejemplo “zonzo”, que a la postre se incorporaron al español.


Hoy, el contacto entre el español y el inglés es un fenómeno insoslayable y sin embargo se ha empleado mal el término “anglicismo”. El Diccionario de la Lengua Española lo describe como “vocablo o giro de la lengua inglesa empleado en otra”. Ejemplos comunes en nuestro idioma son “delivery” y “online”. El problema de esta definición es que sugiere que la presencia de estos términos es esporádica. Acaso sea así en muchas partes del mundo hispánico, pero en Estados Unidos, donde aproximadamente 57,5 millones de latinos nos forcejamos a diario en algo que se llama spanglish, esa frecuencia es todo menos ocasional. Aquí el español vive canibalizando al inglés, reconfigurándolo y reinventándose al tiempo que quiebra su estructura sintáctica. Establecer qué es un hispanismo y qué un anglicismo es una labor bizantina.

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