viernes 16 de noviembre

De culonas a luchonas

Todas las consignas feministas derivan en una sola: las mujeres no somos libres. Esta afirmación enerva a quienes ni por un segundo pueden considerar que han nacido en desventaja y que hay un sistema mundial, construido en su detrimento, del cual ineludiblemente son víctimas.

Se entiende, es bastante doloroso de aceptar. Las mujeres no somos libres por miles de razones tangibles que pueden enumerarse desde morir en un aborto clandestino hasta ser la encargada de limpiar la casa por default, pasando por tener que trabajar cinco veces más que cualquier hombre para conseguir el mismo puesto de trabajo. Hay, sin embargo, una manera de que la mujer consiga todo el poder del mundo, pero como en un cuento de hadas ese poder no será eterno, y si no se consiguen un buen príncipe a tiempo, el encanto se transformará en la peor de las maldiciones. Ese poder es la belleza hegemónica, un privilegio de nacimiento que solo les toca a algunas, que quienes han nacido con el privilegio del dinero podrán buscarlo en quirófanos y tratamientos, pero si hay algo que sabe hacer la sociedad es discriminar, y quien no tenga el verdadero toque de la varita al nacer, no tendrá el inmenso poder.


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