lunes 23 de mayo de 2022
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De «Motomami» a «Drive My Car» a la «ecoansiedad»: cómo el motor llegó a dominar la cultura

Rosalía llena un depósito de gasolina en la primera toma de su reciente vídeo Saoko: las motomamis, efectivamente, viajan en moto; Aitana acaba de lanzar En el coche y el trapero Pimp Flaco describe su chulería en Water Boys mediante un ejemplo automovilístico: “El tonto con el Mini se pone a doscientos, y yo quiero un Lamborghini pa’ pasear lento”. En el cine, hemos visto el Saab de Drive My Car hasta aprendernos de memoria la forma de su alerón y, ya si nos alejamos, Fast & Furious sigue siendo una de las franquicias más rentables del siglo XX. La tendencia viene de lejos: Ric Ocasek llamó a su grupo The Cars, los antihéroes de Bruce Springsteen conducen toda la noche y también se han escrito muchas novelas y poemas protagonizados por coches o motos: en Mazda 6, Manuel Vilas cuenta cómo el poeta “subió a su Mazda 6 y palpó las crines / de los ciento cincuenta caballos a su entera disposición, / dispuestos a arrojarse contra los muros del cielo si él quería”.

El camino hasta aquí ha sido largo pero casi sin curvas. Cuando en 1861 Baudelaire introdujo en sus poemas palabras como tranvía o vagón, muchos, especialmente desde los salones de la aristocracia, protestaron: aquellas invenciones recientes no merecían aparecer en ninguna obra artística. Sin embargo, el francés perseveró y dedicó su obra a recoger las experiencias, todavía sin registrar, de las grandes masas de habitantes de las metrópolis del momento (Londres y París). El del transporte motorizado era un mundo nuevo que no dejaba de producir novedades (técnicas, económicas o sociales) y artistas como el propio Baudelaire o Monet supieron captarlas. Estaban inventando la modernidad y los vehículos (que permitían al ciudadano experimentar esa velocidad que lo impregnaba todo) serían su símbolo: primero tranvías y ferrocarriles; más tarde, automóviles y aeroplanos.

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